la revista on-line de la facultad de Filología Hispánica de Poznañ

   

 

agregame a favoritos|contacto
Internet EsPa'Ti

 
     Portada
     Actualidad
     Vida Universitaria
     Mundo Hispano
     Literatura
     Críticas y análisis
     Traducción
     Nuestras obras
     Entrevistas
     Literarias
     Otras entrevistas
     Cultura
     Cine
     Música
     Deportes
     Artyku³y po polsku
     Enlaces
     Mapa del sitio
     Contacto
 
 

 Bosque o lago

   

         Cómo decirte, Cata, que te amo; que a pesar de todos estos fatídicos años, esas preocupaciones económicas innecesarias (pues nos teníamos el uno al otro y estábamos juntos), las dolencias físicas que nos atacaron (primero en mi para después instalarse, finalmente, en ti) y el luto del alma que cayó sobre nuestro hijo (tú no pudiste soportar tanto). Tengo muchas razones, Catalina, para decirte que te amo. Por ser esa sensibilidad que perdí en el trastabillo de las situaciones y tu recogiste en silencio mientras caminábamos, uno detrás del otro…pero siempre juntos.

         Se me ocurrió pensar esto y muchas otras cosas que preferiría no mencionarte mientras te veo dormir. No por temor a que no me entiendas (tenías esa virtud) ni por celoso capricho mío, sino porque yo mismo no entiendo esto que siento: la totalidad de mi se abre como una ventana que desemboca a otra ventana. Siento esas cosquillas que se sienten cuando bajas desde lo alto de una montaña rusa, jalando cada vez más el ombligo hasta rasgarse de luz. Mientras dormías, Cata, miro tus ojos cerrados y los imagino abiertos y de día. Esos ojos turquesa me saludan junto con la boca turquesa de rostro turquesa. Toda tu brillas como bosque y lago, con el brillo silencioso de tu andar por los caminos, por las calles donde vivimos y nos amamos, por los parques donde nos besamos de manera pasional y disimuladamente, subía tu falda hasta sentir con mis manos la cálida temperatura de tu entrepierna.

Siempre quise adentrarme en ese bosque cuando mirabas, a lo lejos, algo que se encontraba más lejano que la lejanía. Tus horizontes fueron las fronteras impenetrables de tu cuerpo…eso me cautivaba. Respetaba aquella paz que transmitía tu cuerpo y, de la nada, sonreías y me besabas sin decir nada; con esa sonrisa indistinguible sin saber si era lago o bosque.

         Cómo ha pasado el tiempo, Cata, cómo se han ido aflojando los amarres de nuestra fuerza, cómo todo fue haciéndose más naranja y agresivo. Los embates de nuestras vidas nos unieron talvez o nos hicieron más tolerables el uno al otro. Resignados. Resignados a una vida naranja y gris (¡qué triste atardecer!). La juventud se fue por las manos como agua entre los dedos. Era humo lo que tocaba. Un humo demasiado denso, demasiado pesado (de pronto, cambias de posición y con una de tus manos, deslizas una caricia sobre mi brazo; haces esos rumores que acostumbras hacer cuando duermes profundamente y al otro día los niegas).

 

         El silencio de la calle sólo puede significar que pronto amanecerá. Nuestro cuarto siempre ha sido oscuro (creías que era como un vientre y te sentías segura), podrían ser las tres de la madrugada así como las doce del día y todo parecería igual, salvo por el ruido, o por el silencio. Pero ahora es de noche. No quiero despertarte con mi insomnio ni con mis cavilaciones (que no se porqué me dio por pensar a esta hora). No quiero decirte todo esto porque sería redundar en lo único que nos ha quedado. Cuando murió Raulito, sentías que un águila voraz te había arrancado tu corazón latente porque llevaste tu mano al pecho indicado y te desmayaste instantáneamente después de que te dieron la noticia: que el chamaco estaba en su bicicleta cuando pasaba un camión.

         Miro tu rostro (apenas distinguible por la noche) y es el mismo  de todos estos años. Eres muy hermosa (cuántas veces no me cansé de decírtelo), no imaginé pasar la vida a tu lado. Tenías todo lo que imaginé en una mujer: gracia, belleza, inteligencia, sabiduría, locura, pasión. Eras un mosaico de vibraciones sensoriales. Me enfrentaste a mis retos personales: hacerte feliz de la mejor manera posible.

 

         Después de esa recaída ya nunca te levantaste. Los doctores no sabían a ciencia cierta qué te pasaba: debe ser algo temporal. Esperemos un mes y veamos si hay una reacción favorable. Hicimos los ejercicios que nos marcaban, salíamos al malecón todos los días a recibir la brisa del mar y platicábamos hasta el atardecer. Luego, pedías tu machacado de durazno que tanto te gustaba. Yo cruzaba la avenida con un hilo de tensión desenrollado desde tu silla de ruedas hasta aquel puesto. Cuando regresaba, sentía la pulsación del vértigo pues pensaba que habías saltado al tranquilo y silencioso mar. Pero veía tu corva figura de maternidad frustrada y el corazón volvía a su ritmo habitual. Tú recogías tu bebida con la habitual sonrisa y la deleitabas en silencio escondido entre bosque y lago. No creas que tuve pena y lástima por ti sino todo lo contrario, el respeto y amor que sentía creció inconmensurablemente. Tu fortaleza y espíritu creció y fue el soporte a tantos años de…Nunca dejé de amarte Cata, a pesar de todo, a pesar de nada.

 

         El momento de conocernos fue el momento de dejar varias cosas: yo caminaba por calles innombrables de horizontes sin color, descifrando lo que sería mi destino, y apareciste y dijiste aquella frase inolvidable: es muy raro olvidar de pronto las cosas. Y olvidé, de pronto, mi ruleta sin fin. Te vi y miré un rostro nuevo; me sonreíste con esa risa turquesa y dos mundos se unieron bajo la silueta que formaban tus labios. Correspondió mi boca con la tuya y de allí, las palabras fueron como una fuerte oleada de frases que aún trato de reconstruir. Fue sonido y silencio lo que nos unió (me gustaba más tu silencio cuando jugabas con mis besos), fue la luz de tu espíritu lo que resurgió la esperanza de creer, creer en mí, en ti y en la vida. El desahuciado parecía yo, no tú. Yo necesitaba de ti. Tú caminabas sola en tu silla de ruedas mirando hacia lo más lejano de la lejanía.

         Después, todo fue más difícil, Cata ¿te acuerdas? Los gritos, el cansancio, las diligencias, las visitas a doctores desconocidos con especialidades impronunciables…las frustraciones, los sufrimientos. No aguanté mucho, Cata. Mi cuerpo cedió ante los desgarres de los tendones; los músculos fueron llenándose de agua y cuajaron como gelatina, después se helaron y crujieron como bizcochos. Las rodillas, primero, empezaron a molestar: como canicas cuando las caminatas para ir al mercado ya no estaban hechas para un viejo como yo. Cada tronido era como una llamada de auxilio, como esas plegarias de negros a tantos siglos de tortura sometida: era abnegación y culpa (nunca quise mirar tus piernas porque me parecían víctimas reprimidas por el gobierno imperialista del cuerpo). Qué podía hacer. Amarte toda la vida. Admirarte toda la vida. Sufrir en silencio porque si no, caías y era peor. Era peor que caer uno mismo. Tú, teniéndolo todo, sufriendo por mí aunque lo tenías todo. No dijiste nada. Sufriste conmigo la tristeza que envolvió mi trágica vida (sólo a ti te conté mi orfandad y mi lento avance) y me comprendiste porque me amabas (sólo en ti escuché decir esas palabras). Qué te puedo decir hoy, Cata, si todo lo que sentía te lo he dicho mil veces. Qué intentaré conquistar en ti cuando todo ya es un mapa releído y cartografiado por mi (no dudo que los años te hayan formado a mi imagen y semejanza). No importa, Cata. Todo lo dicho fue ya pronunciado. En mis palabras, en tus silencios. Con los ires y venires de la vida. Qué esperabas de mi: nada. Te embriagó mi forma, mi ser, mi lucha constante… qué se yo. No me importa nada. No importa qué hayas sentido, qué sientas. Estás aquí, conmigo. Has sufrido los mismos estragos. Las mismas gotas amargas que son lágrimas, cadenas e ilusiones; y estas aquí conmigo.

 

         Parece que amanece. No quiero despertar tu cuerpo ni tu alma. Me gustas ahora; en esta paz. En este día que comienza y es como los otros días. No obstaculizaré lo que es tu onírico estar con mi somnolencia e insomnio; con mis regresivos ayeres convertidos en recuerdos y por tanto, inalcanzables. El tiempo no se recupera. Los años están tatuados en las huellas de los dedos y en las circunstancias que nos circundan. Uno no quisiera vivir los peores pasados pero nada de esto se hubiera hecho sin la muerte ni el amor. Paradojas de la vida.

 

         Me levanto lentamente, sin hacer ruido. No pretendo despertarte, ni mucho menos despertarme. He oído anécdotas de personas que despiertan y se ven a sí mismas y el trauma, es de varios años y de miles de pesos. Yo no quiero provocar eso. Más preocupaciones en tu vida serían llenar más lo fatídico y faústico de esta realidad que nos tocó vivir. Prefiero alejarme de ti mientras duermes para que no sientas mi ausencia ni mi falta de respiración y cansancio. Para que no escuches de mi alguna queja mientras me desvanezco, mientras me despido y te recuerdo como ayer y como siempre. Qué será de ti sin mí. No quiero pensar en eso. No quiero pensar en tu invalidez  e impotencia porque tú siempre mirarías al horizonte y uno no sabría si es bosque o lago lo que eres, y definirte sería alejarte de mí. No quiero eso. Prefiero pensar que eres interminable como el turquesa y ocupas los límites entre la tierra y el mar.

         Verme a mí mismo no me sorprende. Verte conmigo es lo sorprendente. Hacíamos bonita pareja juntos. Nunca había visto esta perspectiva donde tú y yo estamos en el mismo lugar, en el mismo tiempo. Cuando despiertes, no hagas ruido. Intenta levantarme y poco a poco, date cuenta que he dejado de respirar y estoy inerte. No grites, no llores. Imagino que lo lograrás por que has afrontado la muerte de un hijo y lo hiciste en silencio. Déjame dormir tres días. Bríndame por última vez la suavidad de las sábanas y la calidez de tu cuerpo. Hemos afrontado los años y nos conocemos tanto que parecemos  seres durmiendo tranquilamente. Déjame dormir tres días hasta que otros se den cuenta de nuestro olor.

 

Nain Raymundo Solana Chab©2009