la revista on-line de la facultad de Filología Hispánica de Poznañ

   

 

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 Como de nomeolvides

(Carta a Irena Majchrzak)

 

Me duele esta ciudad,

Me duele esta ciudad cuyo progreso se me viene encima

Como un muerto invencible

Como las espaldas de la eternidad

dormida sobre cada una de mis preguntas.

José Carlos Becerra(1)

 

Irena en una de tus Cartas a Salomón (2) escribiste: “Pienso en muchos extraordinarios novelistas, poetas y científicos polacos cuyas obras permanecen desconocidas en el mundo a causa del limitado alcance del idioma polaco”. Quizás no imaginaste que tu trabajo con los niños de las etnias chontales (3), trascendería todo tiempo y alcance de tu lengua. Tal vez fue el clima que tanto te incomodó en esa primera instancia en Villahermosa (4), lo que te provocó escribir frase tan melancólica, pero es que bajaste del avión a principios de junio cuando las temperaturas rebasan los 40 grados. No es broma, esa terrible humedad motiva al tabasqueño a darse dos baños al día cuando menos. Has de sonreírte ahora que lo sabes. La escena se recrea todos los días en la fuente de “Los niños traviesos”. Esos pequeños desnudos que se bañan eternamente entre chapoteos de un mediodía petrificado, y entre las burlas y miradas de unos semáforos que cambian sí, de postura, más no de sitio. Quizás fueron esos infantes de risas solares quienes provocaron tu regreso. Regresaste para internarte en los mitos del estado, en la selva de Tenosique que se hornea de colores, en los pantanos de Nacajuca, donde las conversaciones son zumbidos de mosquitos y el viento un encimado fantasma convertido en polvo. Se avanza agotado es cierto, y con el saludo recurrente del calor que cambia sí de intensidad, más no de sitio.

 

En aquellos pueblos educaste bajo la frescura de las palapas, supiste de dormir sobre petates amarillos (tejidos de palma), del guano (palma) como tercera piel, de comer pejelagarto[1] y masticar totopostes, esas grandes tortillas doradas de sol. Comenzaste así a vivir tu propia experiencia indígena y aplicaste la pedagogía Montessori a los niños autóctonos. Y de aquel laboratorio de creatividad que implantaste, surgió también un nuevo método de enseñar a leer y escribir. Alfabetizar partiendo de los nombres propios fue tu prescripción. Sabías de lo mágico que es descubrir para un niño que los símbolos escritos representan su identidad. Seguramente recuerdas a Adrián,  a quien se le entregó una tarjeta con su nombre y se le pidió elegir el mejor lugar para colocarla, y él terminó haciéndolo junto a la tarjeta que llevaba el nombre de su maestra. Aquel niño se sintió por primera vez un centro de referencia, un centro del mundo desde donde podía iniciar la apertura de su vida. Adrián captó el mensaje de que la escritura tiene la facultad de sustituir a la realidad y de multiplicar nuestra existencia. Ese acto indígena hizo que depositaras para el tiempo una sonrisa junto a la de Rosita, a la de Alfredo, a la de Domitilo y junto a la de tantos niños más.

 

Lo puntualizaste muy bien en una entrevista que significó tu partida. Te habías inspirado en el pensamiento Montessori, porque deseabas contrarrestar con relación al sistema escolar, la falta de materiales didácticos, y cambiar ese coro infantil como respuesta a las preguntas del maestro, pues el niño es también capaz de descubrir muchas de las leyes científicas por sí mismo, si tiene en su medio ambiente los elementos para trabajar con ellos. Fue verdad, elaboraron juntos, objetos regionales con el petate, la cañita, el guano, y las semillas.

 

Por qué nunca supo mi primera maestra aquello. Yo vegetaba dentro de un salón aprendiendo el peso caluroso de las primeras letras, atrapado en un esquema rígido, mientras mis coterráneos bajo las palapas eran libres con relación a nuestro medio. Al mismo tiempo se volvían cultos y civilizados en su entorno. ¿Acaso es una mentira lo que digo? Bien sabes tú que no. Escuchaste estas palabras en la propia voz de Remilde Montessori (5) quien se acercó a tu trabajo para exclamar: “¡Qué notables parecen la desenvoltura, la espontaneidad y el brillo en la mirada de estos niños!” Yo creo Irena que tenían la mirada de “Los niños traviesos”.

 

Tu sabes (no escribiré tu sabías) que esta mirada está cargada de emociones, lo saben muy bien todos aquellos que tienen por hombro izquierdo una lágrima. Lo saben los que han tallado su nombre o el de algún ser querido en alguna pared, en algún árbol, en un puente, en una roca, en la arena de la playa, en la nieve del volcán. Sólo la emoción deja huella, es ella la mejor aliada en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Debiera gritarse.

Mira que permanecer en el trópico húmedo (seis años) dice mucho de ti. No fue una tierra que hayas buscado, sino encontrado. El deseo del viaje es innato en los seres humanos, y no es enteramente humano aquel que no lo haya sentido alguna vez, dijo Octavio Paz. Y como si entre poetas se dialogara mejor, Czeslaw Milosz le responde:

 

                                                           La ciudad, los árboles,

                                                           las voces de los hombres,

                                                           no eran, no estaban.

                                                           Vivía en un perpetuo irme.

 

                                                           En algún lado había una ciudad real,

                                                           Árboles reales, voces, amistad, amor, presencias.

 

Sí. Ceibas reales, voces chontales, amistades nativas, amor a la tierra, presencias soterradas. Eso son los pueblos dorados de sol que conociste.

 

 

No sé que harás ahora, ni dónde lo haces, lo estás haciendo muy bien estoy seguro. Pero tiene más de 15 años que devolviste algo de su identidad a cientos de niños indígenas y esto también es un Presente. No lo dudes, este año por el eco de tu obra he vuelto a encontrarme con ellos y contigo. Permíteme parafrasear un verso de Vicente Huidobro para decirte algo:  yo te espero de pie al final de estas líneas para saludarte. Porque he sentido eso que vaticinaste, una súbita reacción emocional ante lo sorprendente, de modo que no vuelvas a venirme con el cuento de que “extraordinarios polacos permanecen desconocidos”.

 

Seguramente te preguntarás qué ha pasado con estos pueblos, con estos niños. La respuesta es: continúan defendiendo su identidad contra la “cultura del progreso”. Villahermosa como todo México se empeña en buscarlo. Pero igual que a Octavio Paz “la prisa por desarrollarse, me hace pensar en una desenfrenada carrera por llegar más pronto que los otros al infierno”.

 

La mejor descripción hacia tu persona y que me hubiera gustado hacerte, la hizo tu amigo y poeta Ramón Bolivar: “Irena calla, y en el espacio que deja la última palabra, aparece una sonrisa. Una actitud de quien oculta algo nuevo. Mira el techo de guano de la palapa y en un instante "como de nomeolvides" se pierde entre los laberintos claros de su pelo".

 

Daniel Peralta Guzmán ©2005

NOTAS

(1)     Poeta mexicano nacido en Villahermosa (Tabasco), México. Y muerto en un accidente cerca de la ciudad de Brindisi, Italia. Publicó Oscura Palabra (1965), Corona de hierro (1966) y Relación de los hechos (1967). En 1973, se publicó El otoño recorre las islas, una recopilación de su obra poética, y que incluye dos de sus libros inéditos, hecha por Gabriel Zaid y José Emilio Pacheco y prologada por Octavio Paz.

(2)     Majchrzak, Irena: Cartas a Salomón: Reflexiones acerca de la educación indígena. Gobierno del Estado de Tabasco, Villahermosa. 1988.

(3)     Los maya-chontales son un pueblo mayense que habita en el actual estado de Tabasco. El término chontal es un vocablo mexicano que significa "extranjero". Se autodenominan yokot'anob o yokot'an, que significa "el pueblo que habla yoko o choco". Se consideran descendientes de los olmecas históricos.

(4)     Capital del estado de Tabasco, México.

(5)     Nieta de la doctora María Montessori.



[1] Pez de hocico alargado, semejante al del lagarto y tiene dientes largos y punzantes.