la revista on-line de la facultad de Filología Hispánica de Poznañ

 

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 La cucaracha

 

Era ya la una de la madrugada cuando don Arturo se dirigía con paso vacilante hacia el primer piso de su casa de ciudad. Desgraciadamente, a cada instante chocaba con la barandilla, lo que producía unos ruidosos crujidos en la madera de sus balaustres.

 

¾¡Maldita sea!¾, maldijo don Arturo en su interior al oír otro crujido. Era entonces cuando se arrepintió de su idea. ¾Me he atado las almohadas a los pies para nada—, susurró con resignación. Don Arturo era un hombre extraordinariamente ingenioso. El día anterior por la tarde, él mismo había inventado un método infalible para entrar en su apartamento pasando desapercibido para los oídos ajenos, cuando todos los vecinos ya estarían durmiendo. El médium inapreciable que le había inspirado era  la televisión, verdadera Pitia de la edad moderna. El anuncio, en el cual toda la familia (¡hasta el perro!), al andar por el piso, usaba zapatos con almohadas atadas para que la ama de casa no tuviera que preocuparse por rayas y manchas en el suelo, cayó sobre don Arturo como un rayo en tiempo sereno. Por fin lograría amortiguar sus pasos de tal modo que ninguna de aquellas fieras domésticas, que se apostaban cerca de la puerta o al lado de la cama a esperar su regreso más tarde, iba a oírlos. Contrariamente a tus suposiciones, querido lector, no se trataba ni de la esposa de don Arturo, ni de su suegra, puesto que ese afortunado ni siquiera era casado. Pero, a pesar de esto, aunque sea difícil dar crédito, don Arturo no era un hombre libre de preocupaciones. Lo que para nosotros pasa por normal, le parecía una pesadilla insoportable. Estaba asustado y paralizado por una idea: ¡en su apartamento había cucarachas!

 

No solamente vivían en su casa clandestinamente y sin pagar, sino que además resultaron ser muy astutas. Sabían perfectamente cuándo don Arturo regresaba a casa y siempre que estaba abriendo la puerta, oía el pateo de las pequeñas piernas, o más bien patas, el pareo con el que en absoluto no soñaba. Diecisiete refinados intentos de echar a los intrusos habían fracasado. Aquí merece la pena enumerar unos de los más sutiles como el matarratas dejado, sin saber por qué, en el balcón (como consecuencia perecieron todas las palomas de la zona), el uso de cinco insecticidas diferentes que al parecer “matan a muerte” (pero su olor por poco no le provocó la muerte a don Arturo, que pasó dos noches en vela), el encierro de la vecina jubilada en el apartamento como espantajo e incluso la pizza congelada dejada en medio del salón (aunque puede matar prácticamente a cualquiera, las cucarachas se multiplicaron. Puede ser que su especie fósil se haya deshelado junto con la pizza; don Arturo no recomienda el tipo “hawaiana”). Por eso don Arturo decidió engañar a los insectos. Creyendo en su malicia (estaba convencido de que las cucarachas estaban esperando su regreso con perfidia), tomó la decisión de entrar en la casa de manera desapercibida. Sin embargo, había ignorado el hecho que el oído de la cucarachas no era bien desarrollado y que simplemente los insectos reaccionaban al barullo. Por eso, después de haber llegado hasta la puerta de su apartamento, con las rodillas potencialmente lesionadas a causa de su almohadada idea, don Arturo no tuvo el éxito planeado. Cuando abrió la puerta, miles de parásitos se esparcieron otra vez por el pasillo. Don Arturo, a punto de sufrir un ataque de nervios, juzgó que era por culpa de haber girado la llave demasiado ruidosamente. Se sentó, entonces, en el sillón, encendió el televisor y se quedó esperando con impaciencia el bloque de anuncios: la fuente de su inspiración cotidiana. Mientras tanto, las cucarachas empezaron a ocuparse de él. Le quitaron el abrigo, le desataron las almohadas de los zapatos y, nomen omen, cuarenta y cuatro de ellas se pusieron a preparar la cena: un delicioso asado especialmente para don Arturo. En la televisión daban el cine nocturno: una película sobre un hombre que vivía con unas cucarachas. Eso fue lo que iluminó a don Arturo: —¡Al fin y al cabo, estas fieritas son muy útiles! ¿Cómo podría vivir sin ellas?—, gritó don Artur oponiendo la misma cara que debió poner Newton cuando le cayó la manzana. —Cuando entras entre las cucarachas, tienes que patear como ellas-, juzgó después de un rato. —¡Ah! ¡Televisión! ¡Eres inestimable!—, gritó don Arturo degustando el asado que le acababan de traer. Al acabar la comida, dejó su sillón y se marchó al dormitorio a cuatro patas. Aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, don Arturo se durmió satisfecho.

 

Justyna Koszarska ©2005

Traducción al español: Abeja ©2005

Versión original en polaco