la revista on-line de la facultad de Filología Hispánica de Poznañ

   

 

agregame a favoritos|contacto
Internet EsPa'Ti

 
     Portada
     Actualidad
     Vida Universitaria
     Mundo Hispano
     Literatura
     Críticas y análisis
     Traducción
     Nuestras obras
     Entrevistas
     Literarias
     otras entrevistas
     Cultura
     Cine
     Música
     Deportes
     Artyku³y po polsku
     Enlaces
     Mapa del sitio
     Contacto
 
 

 Andrés Bello y Miguel de Unamuno: comparación de opiniones acerca del español americano

 

El español es la lengua oficial no solamente de España, sino también de la mayoría de los países de Hispanoamérica. No obstante, mientras en la Península es, en general, todos los  españoles ¿pueden también los hispanoamericanos considerarla como tal si les fue impuesta por fuerza por los colonizadores españoles del siglo XVI? ¿No sienten un cierto “reproche” hacia elle? ¿La tienen por suya o, pasados tantos siglos, es todavía ajena? ¿Es preciso mirar hacia España como hacia la madre patria e imitarla o mejor independizarte de ella en todos aspectos de la vida, incluido el idioma?(no se trata, por cierto, de que los americanos cambien el español por otro idioma, sino de así llamada norma culta de él) ¿En el hecho de poderse comunicar los ciudadanos de distintos países, argentinos, cubanos, venezolanos, salvadoreños, chilenos y muchos más, lo consideran ventaja o preferirían tener sus propias lenguas nacionales, es decir, argentino, cubano, venezolano, salvadoreño, chileno y muchas más? ¿O acaso dichas lenguas ya existen, puesto que el español de distintos países hispanoamericanos no es el mismo y se diferencia también del castellano peninsular? Y si es así ¿hay que unificar el idioma o más bien alegrarse de su riqueza? Si es imprescindible la unificación ¿quién debe encargarse de ella o cuáles autoridades deben decidir como hay que hablar? ¿Existe una norma culta o más? ¿O quizás el idioma es un ente vivo y cualquier intento de normalización por parte de las autoridades esta condenado a fallar? A todas estas preguntas cada latinoamericano, a lo mejor, respondería de distinta manera. Son cuestiones individuales y las opiniones pueden ser muy diferenciadas. Como lo eran las de numerosos grandes pensadores hispánicos, mencionemos a dos de ellos: de Andrés Bello (1781-1865) y de Miguel de Unamuno (1864-1936). Uno, venezolano, humanista, poeta, legislador, filósofo, educador, crítico y filólogo; en suma, autor de una obra poligráfica, que constituye la base más sólida de la civilización hispanoamericana; el otro, vasco, escritor, filósofo, uno de los precursores del existencialismo, profesor de la Universidad de Salamanca, que ejerció una influencia de mucha importancia sobre la vida intelectual española. Comparemos su pensamiento acerca del castellano en Hispanoamérica después de recordar brevemente la historia de esa lengua en América Latina y presentar las biografías de ambos pensadores que permitirán situarlos en un contexto histórico determinado y aportarán más información sobre ellos.

 

Historia del idioma español en América Latina

 

El idioma español llegó a América primero a través de los viajes exploratorios de Cristóbal Colón, y luego con el resto de los colonizadores, a fines del siglo XV. En ese momento el idioma español ya estaba muy consolidado en la Península Ibérica. Sin embargo, en el “nuevo mundo” ya se había establecido el español, como resultado de un proceso que los historiadores denominaron “hispanización”.

 

Durante ese período, la parte sur del continente americano era un conglomerado de cientos de diferentes lenguas y dialectos. Además, las culturas que encontraron los colonizadores eran radicalmente distintas a la española. Por lo tanto, la comunicación fue realmente un desafío durante las primeras etapas, y se logró primero mediante gestos, y luego a través de nativos prisioneros que actuaban como intérpretes.

 

La Iglesia Católica tuvo un rol fundamental en la expansión del idioma español en toda América Latina. De ese modo, los misioneros jesuitas y franciscanos establecieron escuelas donde educaron y convirtieron al catolicismo a la mayoría de los niños y adolescentes. Por supuesto, todo eso se hizo en español y, por lo tanto, este idioma comenzó a penetrar lentamente en la vida diaria de los diferentes grupos de indígenas. La evangelización fue acompañada por una lenta pero firme imposición administrativa del idioma español, que relegaba las lenguas amerindias a una posición poco privilegiada. Esa fue la inevitable consecuencia de la limpieza cultural y étnica impuesta por el Imperio Español a sus colonias.

 

Sin embargo, entre los colonizadores y los colonizados fluía la influencia cultural y lingüística. Eso se debió a que, pese a su posición dominante, los nativos de España siempre constituyeron una minoría muy pequeña en el continente americano. Por lo tanto, era constante el contacto entre las lenguas y progresivamente se iban mezclando las distintas poblaciones. Eso permitió que los aspectos pertenecientes a las culturas precolombinas se incorporaran a lo que luego se llamó el español americano. Las lenguas africanas, que hablaban los que llegaron a América como esclavos, también contribuyeron a la formación de este rico mosaico.

 

Con sólo escuchar la entonación de los diferentes dialectos de América del Sur, podemos ver que están más cerca de varias lenguas nativas que del español peninsular. En términos de vocabulario, dos de las lenguas más influyentes son el náhuatl mexicano (hablado por los aztecas) o el quechua peruano (hablado por los incas). Estas dos lenguas fueron aceptadas y habladas por una parte significativa de la población y, por lo tanto, fueron empleadas con fines comerciales, aún después de la llegada de los conquistadores españoles. Ejemplos de las palabras que fueron incorporadas al español americano provenientes de estas lenguas son “papa”, “cuate” (amigo), o “chamaco” (chico).

 

Por otro lado, las características de los exploradores españoles también eran heterogenias, dado que provenían de toda España. Sin embargo, su punto de reunión antes de comenzar la larga travesía era Sevilla, en Andalucía, al sur de la Península Ibérica. Como permanecían ahí un largo tiempo mientras preparaban su aventura, terminaban adoptando algunas de las características del dialecto andaluz. Luego las llevaban al “nuevo mundo”. Es por eso que el español americano comparte la mayoría de las características de pronunciación del español con el español andaluz. El más significativo es en fenómeno conocido como “seseo”. Comparando las características regionales del español, Justo Fernández López describe, de una forma poética, el castellano como “imperioso, grave y sonoro”, el andaluz como “vivaz y gracioso”, el antillano es “dulce como piña y suave como papaya”, el mexicano “circunspecto”; el chileno se caracteriza por “alegres altibajos melódicos” y el rioplatense es “pausado e insistente” (…).

 

El español americano en las ideas de Andrés Bello y de Miguel de Unamuno

 

Las ideas de Bello y de Unamuno referentes a las cuestiones lingüísticas tienen unos rasgos comunes pero, al mismo tiempo, llaman atención ciertas diferencias. Los dos Maestros no se limitaron a tratar solamente las cuestiones puramente filológicas, sino que éstas se entrelazan con lo social, lo histórico, lo político y con lo filosófico. Así que hay que verlas en su contexto, ya que forman parte de unos sistemas filosóficos más complejos.

 

Andrés Bello formula su idea de un castellano de América, que viene a entrecruzarse con el principio de unidad continental y, en cierto modo, a hacerse una de sus herramientas fundamentales. Quizás al comienzo no lo pensó del todo así, y tal vez para él sólo se trataba de un rasgo común de la cultura hispanoamericana, esparcida a lo largo y ancho del continente, pero sin un contenido esencialmente político y social, como en realidad lo tiene. Es posible que, en sus inicios, haya sido sólo una simple intuición, nacida de una experiencia sobre todo en el ámbito de la educación, inseparable del concepto general de cultura. Pero, háyalo dicho o no Bello de manera explícita, esa idea de un castellano de América trascendió de su formulación primigenia de rasgo cultural común de los pueblos americanos, hasta convertirse en una verdadera categoría ideológica. Esa idea de un castellano de América está implícita en algunos trabajos de Bello, incluso de su etapa de Londres. Pero es en el prólogo de su Gramática, publicada por primera vez en 1847, donde adquiere su gran valor como doctrina esencial, inserta dentro de la idea mayor de la unidad continental. Ya el título de la obra es como un anuncio de esa idea: Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos. Anuncio que luego se concreta de manera inequívoca en el prólogo cuando dice: “No tengo la pretensión de escribir para los castellanos. Mis lecciones se dirigen a mis hermanos, los habitantes de Hispano-América”.

 

Cuando en el título habla de “los americanos”, no hay duda de que se refiere a los habitantes de Hispanoamérica, concebidos como individuos de un solo y mismo pueblo, más allá de las fronteras nacionales, tal como reiteradamente lo había dicho Francisco de Miranda. Idea que luego se ratifica y amplía en el prólogo, al hablar de “mis hermanos, los habitantes de Hispano-América”.Tiene claro, además, que esa lengua que hablan “los habitantes de Hispano-América” es castellano, no es una lengua distinta de la que traen los españoles del Descubrimiento, la Conquista y la Colonia. Es, dice, “la lengua de nuestros padres”, lo cual, obviamente, incluye, de manera implícita pero diáfana, los antepasados españoles. Luego precisa que se trata de una lengua común a muchos pueblos, que sirve “como un medio providencial de comunicación y un vínculo de fraternidad entre las varias naciones de origen español derramadas sobre los dos continentes”.

 

Varios conceptos muy importantes llaman la atención en estas breves palabras. En primer lugar, la idea de que el castellano es idioma común de “varias naciones” desparramadas en Europa y en América, con lo cual Bello se refiere tempranamente a un fenómeno muy significativo, que hoy día se erige como rasgo fundamental y único de la lengua castellana, cual es su carácter de idioma materno de un gran número de naciones. No es, en efecto, el que tiene la mayor cantidad de hablantes, pero sí el que sirve de lengua nacional a mayor número de pueblos en el mundo. Es evidente que ninguna lengua moderna pertenece, como el castellano, con carácter de rasgo cultural nacional, y por tanto identificatorio, a tantos pueblos diversos, cerca de treinta, o más, contados los que se agrupan en el Estado multinacional español y los que se reparten a lo largo y ancho del territorio hispanoamericano, sin incluir las numerosas comunidades hispanohablantes situadas en otros lugares, especialmente, por su número e importancia, en los Estados Unidos.

 

En segundo lugar, no deja de ser también sumamente importante que Bello emplee en este texto el concepto de nación para referirse, tanto a las provincias españolas de la Península y las Canarias, como a las colonias americanas.

 

En tercer lugar destaca también su convicción de que el castellano es un “medio de comunicación”, al cual agrega el calificativo de “providencial”, entre esos numerosos pueblos que la emplean como idioma común.

 

Es así mismo para él un “vínculo de fraternidad” entre aquellos pueblos. Este último concepto tiene especial importancia, sin demérito de los otros. La idea de “vínculo fraternal” incluye la de la hermandad de “las varias naciones de origen español”. Con esto vuelve Bello al criterio de que los hispanoamericanos son un solo pueblo, y de que la lengua común es uno de los factores esenciales que determinan tal condición.

 

Finalmente, debemos destacar la idea de que el castellano es la lengua común de “las varias naciones de origen español derramadas sobre los dos continentes”. Implícitamente, Bello da a entender, con esa frase, que la unidad a que se refiere no abarca solamente la comunidad hispanohablante de Hispanoamérica, sino que se extiende también a España, pensamiento muy importante, sobre todo porque Bello fue uno de los más enconados detractores de España durante el proceso de la independencia, dentro de la llamada “leyenda negra”. No obstante lo cual entendía que entre España e Hispanoamérica existe una comunidad espiritual, cuya unidad debía preservarse y fortalecerse, entre otros medios a través del idioma común.

 

En la historia de las relaciones entre España e Hispanoamérica,  también algunos españoles entendieron, como Miguel de Unamuno que España era una parte de América. Expresaban así el hecho de que los españoles nunca han sido extranjeros en Hispanoamérica, y a lo largo de siglos han podido encontrar aquí su casa. No sabemos si en el presente también la recíproca es cierta. En este punto convergen las ideas de Bello y Unamuno. El primero hablaba del “vinculo de fraternidad” y de “las varias naciones de origen español” y el otro de la unidad de España e Hispanoamérica que, según el, constituían un ser. No obstante, mientras Bello reclamaba la unidad idiomática de América y España, Unamuno postulaba independización lingüística americana de su propia patria. Consideraba que el castellano era una lengua muerta, fosilizada, antiguada. Decía que el castellano es, como su paisaje, “cortante y seco, pobre en nimbos de ideas”, donde todo se ve recortado y contrapuesto, así “un realismo vulgar y tosco” y “un idealismo seco y formulario”, que caminan juntos, como Don Quijote y Sancho, pero nunca se funden. Así sucede también en el plano de la lengua: este espíritu disociativo y polarizador se revela en la expresión, en el culteranismo y el conceptismo, en el énfasis retórico y en las secas sutilezas conceptuales. También en el amor castellano se da esta dualidad porque es grosero o es austero, rara vez de veras sentimental o sensual. Y dentro de este conjunto, la Inquisición- la institución de espíritu latente, tanto o más que la otra- fue un instrumento de aislamiento, de proteccionismo casticista. Aislado el espíritu, la lengua ha perdido la fecundidad; casi ningún escritor castellano se permite inventar voces nuevas, aún dentro de la índole del idioma. Unamuno, por esta época, reclamaba la enseñanza filológica del castellano, para conseguir así la ampliación viva de su léxico. Cuando empiece en España a conocerse en vivo la lingüística –escribe- aprenderemos a “hacer el español, la lengua hispanoamericana, sobre el castellano, su núcleo germinal, aunque sea menester para conseguirlo retorcer y desarticular el castellano”, ese viejo castellano, “lengua de oradores más que de escritores”, que “necesita para europeizarse a la moderna más ligereza y más precisión a la vez, algo de desarticulación, puesto que hoy tiende a las aniquilosis, hacerlo más desgranado, de una sintaxis menos involutiva, de una rotación mas rápida. Revolucionar la lengua es la más honda revolución que puede hacerse; sin ella, la revolución en las ideas no es más que aparente. No caben, en punto a lenguaje, vinos nuevos en viejos odres.” Unamuno creía que de la lengua se tenía una concepción estática, como la de la patria y de historia. Ponía de relieve la necesidad de una lengua viva. Y la vida consiste en la fecundidad para crear palabras nuevas cuando hagan falta, más que en la riqueza inerte –“tesoro” de la lengua- de “vocablos provistos ya del marchamo literario”. Criticaba a los puristas o casticistas que clamaban contra la invasión de barbarismos, sin reparar en que lo malo no es la introducción de palabras o giros nuevos, sino la incapacidad del espíritu español para crearlos y la dificultad de la lengua española para asimilarlos. Es tal vez el articulo de 1903 “Contra el purismo”, el más expresivo de esta intima relación entre la lengua y el ser de España. Comienza así: “hay que volver a levantar voz y bandera enfrente y en contra del purismo casticista, de esta tendencia que mostrándose a las claras cual mero empeño de conservar la castidad de la lengua castellana, es, en realidad, solapado instrumento de todo genero de estacionamiento espiritual; y lo que es peor aún, de reacción entera y verdadera.” Y un poco después: “Hase dado recientemente, y con ocasión de dolorosos sucesos, en lamentar lo que se llama por unos nuestro aislamiento y nuestra neutralidad por otros. No ven los que así se lamentan que ese aislamiento en la política internacional no es sino reflejo de aquel otro, mucho más hondo en que vivimos en la vida de la cultura espiritual, recibiendo traducida la letra muerta de lo que fuera, pero cerrándonos a su espíritu.” El liberal Unamuno alega razones “librecambistas” en defensa de su tesis: “Y hay, además, otro aspecto de la cuestión, y es que como hoy ningún pueblo puede vivir aislado si quiere vivir la vida moderna y de cultura, ningún idioma puede llegar a ser de verdad culto sino por el comercio con otros, por el librecambio. El proteccionismo lingüístico es, a la larga, tan empobrecedor como todo proteccionismo; tan empobrecedor y tan embrutecedor.” La correspondencia entre lengua y el modo colectivo de ser es puesta de relieve en el siguiente pasaje: “Muy claro para nuestro rancio romance, si duda alguna, muy claro, pero también muy dogmático, y de tal modo ha encarnado en la lengua el empecatado dogmatismo de la casta que apenas se puede decir nada en ella sin convertirlo en dogma al punto; rechaza toda nuance (en este caso mejor que matiz). Una lengua de conquistadores y de teólogos dogmatizantes, hecha para mandar y para afirmar autoritariamente”. Puesto que el estado de la lengua en España era, según Unamuno, precario, no valía la pena que América la imitara. Era mejor independizarse lingüísticamente de la Península que adaptar un castellano que presentaba las características expuestas más arriba. Oponiéndose al casticismo y al academismo postulaba Unamuno la necesidad de darle al español más flexibilidad, de renovarlo y eso precisamente es lo que habían de hacer los pueblos americanos. En este punto, era Unamuno, de hecho, más anti-hispanista que Bello. El segundo, siendo pro-hispanista, no deseaba una ruptura lingüística con España, sino americanización del gran legado español, es decir, de la lengua castellana. Cabe destacar, que lo que el venezolano llamaba “legado español”, para el vasco era una dependencia de España. Una dependencia con la cual había que acabar. Sin embargo, Unamuno tenía una visión  del castellano bastante internacional. Para él, cualquiera que hablase español pertenecía a la gran comunidad hispana.

 

Bello, en su Prólogo, contempla la idea de que la lengua cambia, no es un monumento de piedra, que permanece inmutable y siempre igual a sí mismo, sino que es como un ser vivo en permanente evolución. Al respecto dice lo siguiente:

 

“El adelantamiento prodigioso de todas las ciencias y las artes, la difusión de la cultura intelectual y las revoluciones políticas, piden cada día nuevos signos para expresar ideas nuevas, y la introducción de vocablos flamantes, tomados de otras lenguas antiguas y extranjeras, ha dejado ya de ofendernos, cuando no es manifiestamente innecesaria, o cuando no descubre la afectación y mal gusto de los que piensan engalanar así lo que escriben. (…) Una lengua es como un cuerpo viviente: su vitalidad no consiste en la constante identidad de elementos, sino en la regular uniformidad de las funciones que estos ejercen, y de que proceden la forma y la índole que distingue al todo”.

 

Visto desde la perspectiva de hoy, quizás este pensamiento de Bello oculte un tanto su importancia, y hasta podría decirse que se trata de un lugar común. Pero si lo examinamos en su contexto histórico, adquirirá un brillo extraordinario, pues se trata de un concepto de indiscutible modernidad, que en su tiempo debió de generar profundas cavilaciones, y hasta producir ciertas desazones entre los que se preocupaban de estas cosas, generalmente demasiado conservadores, atrincherados en un “purismo supersticioso”, como lo calificó el propio Bello. Estas palabras bellistas recuerdan las de Unamuno, ya citadas más arriba, su percepción de la lengua como un ser vivo y su desprecio hacia el purismo.

 

Lo esencial es que las ideas de Bello forman parte de todo un cuerpo de doctrina, más lingüística, y aun filosófica, que gramatical, que con toda razón ha sido señalada como precursora. Igualmente, la reflexión sobre la lengua en Unamuno no se realiza exclusivamente desde el punto de vista filológico o histórico, sino que alcanza a ser un punto central de su filosofía. Todos los elementos de la discusión unamuniana acerca de la razón, el pensamiento y el lenguaje, constituyen, en rigor, un mismo tema en cuanto pertenecen a la cuestión de la conciencia. La conciencia se deriva del lenguaje y, de igual modo, es a través del lenguaje que el hombre logra elevarse a nivel de conciencia porque ésta se hace hablando.

 

 

Joanna Wi¶niewska©2006

 

Textos relacionados:

Biografía de Miguel de Unamuno

Biografía de Andrés Bello

 

El artículo en el formato [doc] (42KB)

Imprimir