la revista on-line de la facultad de Filología Hispánica de Poznañ

   

 

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 La fresca agua

   

 

“No te afanes, alma mía, por una vida inmortal,

 sino que apura el recurso hacedero.”

Albert Camus

 

Tuvo que escalar la montaña, atravesar entre peñascos, sortear las dificultades  que implica ascender, pasar hambre y frío y por último, llegar hasta la cima sólo para darse cuenta que el otro lado era igual al anterior. Es cierto, parecería absurdo su ascenso pero absolutamente necesario. Lo pensó varias veces, dudó sobre la posibilidad de desistir y regresar. De hecho, no tenía ni un motivo para haberse internado en el bosque, en la montaña; ni mucho menos para escalar. Había llegado ahí porque estaba vomitándo y no encontró un lugar mejor donde hacerlo y sin que lo vieran. Pudo haber dado vuelta atrás y regresado al pueblo de Lachiguiri con sus demás compañeros de la constructora y con Beatriz, su futura esposa, pero no hubiera visto todo esto y no hubiera llegado a la conclusión de que todo lo que él creía, no era de esa manera. Nada es lo mismo en ningún momento ni en ninguna circunstancia… pero esto no lo hubiera pensado antes ni ahora.

         La noche y el bosque lo devoraron. Estuvo quieto durante muchas horas escuchando el silencio de la oscuridad mezclado con las bajas vibraciones de los grillos y cigarras. Aquel sonido se perdía entre las ramas y sus pensamientos. No había luna que alumbrara la montaña durante esas épocas del año. A altas horas de la noche, la neblina bajó del cerro y cubrió los árboles de abetos y coníferas, provocando una pesada heladez para el robusto cuerpo de Benito. Lejos de todo, no le quedó más remedio que aclimatarse al frío y sobrellevarlo con la delgada cobija que había traído.

         “Tendré que pernoctar aquí en este lugar; talvez suba a algún árbol para abrazarme a sus troncos y poder dormir sin preocupación o más bien, debería alejarme del camino de terracería varios metros para evitar encontrarme con un animal o una persona a mitad del bosque”, pensó sin siquiera darse cuenta de la agudeza en sus oídos y orejas. No pudo dormir en toda la noche, un ronquido de más de ciento cincuenta metros de distancia lo hizo despertar y duró hasta poco antes del amanecer, cuando la gente del pueblo se levanta a realizar sus actividades cotidianas.

         Su huída de Lachiguiri fue intempestiva. Nadie supo si vio algo o escuchó algo o sintió algo, lo que lo impulsó a salir del pueblo “así namás”, sin avisar. Al capataz le contaron varias leyendas del lugar y supuso que Benito había escuchado una de estas y huyó de miedo…aunque eso no explicaría por qué encontró azúcar en el tanque de la gasolina de la escavadora, dejándola inservible por varias semanas.

         Durante los días consecutivos, Benito siguió caminando entre los pinos sin un rumbo fijo. Encontró algunas ramas secas y sólo dos botones de flor para comer; los cogió y saboreó con mucho agrado. Nunca pensó que las flores fueran su platillo favorito y decidió permanecer más tiempo allí.

 

         “Debo encontrar al venado”. Nadie pudo decirle que se mirase en el reflejo del río. En una noche, cansado de tanto caminar, decidió acomodarse cerca de un hermoso abeto. Por la mañana, emprendió la marcha y a poca distancia, encontró una corriente de agua. La temperatura estaba bastante fresca y deliciosa, y bebió el líquido con gran desesperación. De pronto, escuchó unas pequeñas pisadas entre la hojarasca por sobre el ruido del agua correr. Divisó a un gran venado de cola blanca y ostentosa ornamenta. Intentó hacer el menor ruido posible pero su respiración era demasiado agitada y fue perceptible al agudo oído del venado, quien de inmediato, sintió la presencia de alguien. Por lo general, los venados salen huyendo cuando se sienten amenazados o cuando escuchan un ruido extraño; pero éste venado no lo hizo, permaneció ahí cerca del río y bebió con mucha tranquilidad la fresca agua.

         Cuando el venado hubo terminado de beber, irguió su cabeza y Benito pudo observar su enorme tamaño. El animal miró fijamente hacia donde él estaba. Quedó paralizado. Las palabras quedaron muertas en la mente y otra especie de lenguaje surgió entre ellos dos.

Su encuentro duró sólo unos breves segundos. El venado salió disparado justo al momento en que Benito intentó moverse. Entonces, comprendió que tenía que seguir al ciervo y tal vez, atraparlo. Se levantó de su lugar y corrió casi saltando internándose en la montaña, sin darse cuenta que no tenía sueño ni cansancio y que desde ese momento, no pudo dormir más.

 

Durante todas las mañanas, se dedicaba arduamente a su búsqueda. Se adentraba en la espesura de los árboles más y más profundo. Hubo un tiempo en que hubiese podido decir el tipo y la especie de árbol que estaba frente a él- la gente del pueblo era muy agradable y le gustaba compartir sus conocimientos con los forasteros-; ahora sólo es un inmenso bosque, a lo mucho, un bosque de abetos y coníferas.

La temperatura era bastante agradable. Los grandes árboles extendían sus ramas y hojas para crear una especie de techo viviente, lo que le permitía a la humedad permanecer en el medio. Un suave viento rozó el pelaje de Benito y se elevó entre los árboles, silbando las melodías de la montaña. “Era muy extraño, dudó Benito, encontrar una vertiente de río sólo por las mañanas.” Sus oídos se fueron acostumbrando a su nueva agudeza y, tan pronto escuchaba el sonido del agua correr, se dirigía a la dirección de  donde procedía el rumor. Por las noches, era como si el agua desapareciera o se alejara o tal vez se evaporara, pero nunca pudo hallar ni una solo gota, ni un goteo de ella.

Distinguió al venado a lo lejos en una mañana. Se vieron. Aquel encuentro duró nuevamente, unos pocos segundos. Benito miró al animal y se convenció que era el mismo al del primer día. Inmediatamente corrió hacia él, pero a su vez, el venado silbó la hojarasca huyendo lo más lejos posible… “¡Córrele Benito! Se te va a ir el camión. Ya todos los de la constructora estamos aquí, sólo faltas tú. Le he estado diciendo al capataz y al chofer que te esperen pero no mames…no tardes.” “¡Voy! Diles que me esperen. Estoy en el metro. Faltan dos estaciones para llegar a la oficina.”

 

Finalmente, desistió en su búsqueda. Había corrido casi todo el día- el sol estaba por ocultarse-, sólo había bebido agua dos veces y comido frutitas silvestres que encontró en unas ramas. Estaba cansado y perdido. Se obsesionó tanto con el ciervo que nunca distinguió hacia dónde se dirigía. Intuyó que estaba en la cima de alguna montaña no por raciocinio sino porque no había para donde escalar más. En ese lugar, las ráfagas de viento eran brutales. Benito fue sacudido por todas partes. Tuvo que poner patas firmes y aguantar un poco más, distinguir si había cerca un sitio donde protegerse del fuerte viento. Encontró, entre unos arbustos, una pequeña madriguera. Inspeccionó y comprobó que estaba abandonada. Se dejó vencer en el refugio por el cansancio. Ya adentro, el viento se hizo cada vez más fuerte y rápido. Los sonidos que creaba parecían voces, augurios, rumores. Hablaban para él un lenguaje que tenía todos los lenguajes. Comprendió que el viento era el tiempo, que el río era el tiempo, que la montaña era el tiempo y hasta él mismo lo era. Pudo imaginar el aire como una espiral flotante enviada por los negros labios de las estrellas y él respiraba al sabio viento con su pequeño y tierno hocico.

Por la mañana, el viento había cesado en su intensidad aunque seguía silbando ligeramente por el aire. Benito salió de la madriguera a estirar sus patas y pudo distinguir aquel lugar con otros ojos. Ahora sabía exactamente dónde estaba. Comprendió por qué el viento era muy fuerte. “Aquí es donde nacen las corrientes de aire.” Buscó por los alrededores algo para comer. Su olfato lo llevó hacia un peñasco donde se encontraban cientos de flores. Comió algunas además de frutas silvestres. Comía tranquilamente y en eso pudo ver a lo lejos al pueblo. Ahora tenía la ubicación exacta. No podía estar en ningún otro lugar más que en el Cerro de las Flores. La gente del pueblo le había dicho que ahí nacían las corrientes de aire.

 

“¡Muchas felicidades, Beti! Que cumpla usted muchos años más y que siga siendo tan hermosa como siempre.” “¡Gracias Benito! Es usted muy amable. Mire que no esperaba que viniera tanta gente a mi fiesta. Parece que está todo el pueblo aquí reunida… hasta ustedes los de la constructora fueron muy amables en haber venido.” “¡Pues cómo no! Su padre es muy querido y apreciado acá en el pueblo y usted también lo es. Él invitó a toda esta gente y muy amablemente, nos incluyó a nosotros.” “Bueno, lo que pasa es que ustedes ya tienen tres años viviendo aquí y ya se les considera como parte del pueblo. Aparte, mi padre está muy interesado en conocerlos; en especial, a su capataz. Por cierto, cuánto tiempo les falta para terminar la carretera?” - “Bastante, la verdad. No podría calcular cuánto nos tomaría terminarla. La sierra de Oaxaca es inmensa y bastante profunda…ni siquiera terminamos de dinamitar una montaña cuando aparece otra y luego otra.” - “Sí, es muy profundo este lugar. Pienso que nadie del pueblo lo conoce por completo. Aquí hay muchos misterios, hay muchas historias que aún no…” “Discúlpeme Beti. Yo sólo quería decirle que todos los de la constructora la aprecian mucho a usted y a su padre y que yo también la aprecio y la estimo mucho. Me parece una persona agradable, inteligente y muy hermosa.” -“Gracias, Benito.” “Y me gustaría que un día sea usted más que mi amiga. Yo a usted la quiero mucho, en verdad. No tiene idea. Desde que la vi por primera vez me enamoré de usted y he soñado con que un día nos casemos y formemos una familia…mire, yo tengo un departamento en la ciudad de México y tengo un trabajo que marcha para bien y un carrito no tan nuevo y…” -“Qué lindo eres Benito. Todo eso que me dices me gustaría compartirlo contigo, no sabes cuánto. Tú también me gustas mucho desde que se presentaron con mi papá para trabajar en los alrededores del pueblo. Me pareces un hombre trabajador y honesto. No eres borracho y eso me agrada... pero Benito, yo no quiero irme de Lachiguiri. A mi me gustaría vivir toda mi vida aquí.”

 

Se sentía revitalizado por haber dormido anoche. Hacía ya semanas que no conciliaba el sueño y que intentaba adaptarse a su nueva forma. No era fortuito que día a día se sintiera más animal que humano. Nunca buscó una explicación para esta transformación, no de una manera lógica y reflexiva. En la medida en que pasaron los días y su cuerpo cambiaba, buscó adaptarse de la mejor forma posible,  lo que provocaba estos recuerdos de cuando era humano.

Apartado de todo y de todos pudo observar su vida. La distancia recorrida desde su nacimiento hasta su transformación, transitaba en su mente sin orden ni significado. Cada hoja del bosque tenía plasmada parte de la esencia de Benito. Sus recuerdos estaban pintados de verde entre los árboles y entre el sonido de los pájaros y de los animales. Toda su vida respiraba una y otra vez al mismo tiempo, como el crecimiento aureo presente en toda la naturaleza.

Fascinado, Benito encontró un manantial brotando de entre unas rocas. Se acercó y bebió la fresca agua. Fue entonces cuando se dio cuenta de que un completo silencio reinaba en el lugar. En ocasiones, el silencio indica la presencia de una amenaza, talvez un cazador; en otras, significa que todos los habitantes del bosque guardan absoluto respeto por aquel lugar y lo protegen. Siguió bebiendo con mucha cautela; en cualquier momento podía aparecer el cazador. No pasaron muchos minutos cuando escuchó las pisadas de otro animal.

Otra vez se había encontrado al gran venado. Estaba demasiado cerca de él, casi podía olerlo. El venado no mostró sorpresa alguna y se dispuso a rodear a Benito. Lo examinó minuciosamente de arriba abajo como si supiera que no era un venado verdadero sino un humano transformado. Miles de preguntas se le ocurrieron a Benito, ninguna de ellas supo cómo expresarlas. Había una lucha entre el humano y el animal dentro de él. Sabía que enfrente suyo había un venado real y que él sólo era una ilusión. No supo qué era él entonces y eso lo apesadumbró. “Tienes que ir a la cima de esa montaña. Ahí entenderás todo. Sigue el camino donde nace el sol. La estrella más brillante de la noche te guiará”, creyó oír decir o pensar al venado.

 

Algo extraordinario le había ocurrido. Por momentos, se sumergía en sus pensamientos teniendo conciencia de él como venado. “Tal vez si llego a la cima vuelva a convertirme en humano”, pensaba. Tenía la esperanza de volver a ser el mismo de antes, regresar a Lachiguiri y casarse con Beti. “Viviríamos juntos aquí por siempre. He aprendido muchas cosas de las montañas siendo un venado, que me serían muy útiles como humano. Les contaría a todos cómo vi y sentí al mundo cuando estaba completamente apartado de todos y de todo.” “Le pediría perdón al capataz por mi repentina desaparición y le prometería trabajar arduamente para compensar mi retraso.” Benito no tenía el menor recuerdo del azúcar en la gasolina. Para él todas las cosas se solucionarían estando ya en la cima de la montaña.

Otras veces, sólo le gustaba correr por el inmenso bosque, tan rápido como sus ligeras patas se lo podían permitir. Le excitaba sentir el viento romperse con su cuerpo y devoraba las corrientes de aire con sus jóvenes pulmones. También le gustaba beber la fresca agua del río, sentir cómo el transparente líquido recorría todo su ser por la sangre, viajando de vello en vello. No tenía palabras. Abandonaba su estúpida idea de pensar y gozaba de todas las sensaciones reunidas en un mismo momento.

 

En una noche bajó mucho la temperatura. La neblina agarraba con sus dedos al Cerro del Gavilán y lentamente iba bajando por aquella montaña. Fue la primera noche en que Benito sintió frío. No supo para dónde dirigirse y vagamente, comenzó a caminar. Ya habían pasado varias horas; la neblina impedía mirar el cielo para buscar a la estrella más brillante de la noche. Era preciso descansar en algún sitio y emprender la caminata por la mañana. Sus desvaríos lo llevaron casualmente a una enorme cueva. Se adentró y conforme pasaba más tiempo en aquella oscuridad, sus ojos rojos se acostumbraban y podía ver. Prefirió no adentrarse mucho pues, más profundo, la oscuridad se devoraba todo. Encontró unas cuantas vasijas y platos de barro rotos en un lugar y ahí decidió acostarse.

 

Por la mañana, aquel paisaje lo dejó maravillado. “Era cierto lo que me contó Beti,” pensó. Cierto día, Benito encontró a Beatriz caminando por la calle. Se acercó a saludarla y se quedaron conversando largo rato. Estuvieron hablando de la familia de Beti, del pueblo y de las montañas. Ese día, ella le contó una leyenda sobre un señor que se perdió en el bosque durante tres días. Había ido a cazar un venado pero la noche lo sorprendió. “Caminó, dice, durante varias horas y ya cansado, se dejó caer vencido. Se apoyó en un árbol para dormir y mientras descansaba, distinguió, un poco más arriba de él, una cueva. Llego hasta ahí y permaneció todo el resto de la noche. Juntó ramas y hojas secas de los alrededores e hizo una fogata. Ese día hizo mucho frío así que el cazador prendió un gran fuego. La cueva se iluminó por completo y cuál fue su sorpresa al encontrarse con una gran ciudad oculta ahí dentro. Era inmensa. Había escalones, edificios y monumentos por todas partes; instrumentos para cazar y comer, así como también para diversas elaboraciones manufactureras. Todo estaba en perfecto estado, como si hubiera sido abandonada así, de pronto. El señor regresó a los tres días de haberse perdido pero estaba delirando. Tuvo fiebre durante toda una semana. Repetía y repetía que su rifle que su rifle. Había que encontrar la ciudad porque olvidó su rifle ahí. Al cabo de los ocho días, murió. Nadie del pueblo le creyó su historia.”

Era cierto todo lo que había contado ella. Benito podía ver el rifle olvidado. Era el único objeto desfasado del tiempo-espacio de los demás objetos perdidos. Su sola presencia rompía la armonía de aquel lugar. Decidió adentrarse y caminar por entre la ciudad. Le costaba mucho trabajo subir y bajar las escaleras debido a sus pequeñas cuatro patas. A cada paso se encontraba con cientos de objetos materiales de innumerable valor. Quiso agarrar algo; sacar algún objeto de ahí y llevarlo a México para venderlo pero al momento, desistió en su tonta idea. “Qué raras construcciones. Todo está hecho de piedra y barro. Es el mismo material del que está hecha la montaña; como si en vez de haberla construído, hubiera sido esculpida por sus habitantes.” La gente de ahí no tuvo más material con la cual trabajar y construir su ciudad. Sin embargo, cada detalle que cubría  la piedra daba la idea de ser más que un detalle. Había varios símbolos que se repetían en algunos sitios. “Tal vez tengan algún significado esas inscripciones.” Haciendo uso de sus años como constructor, comparó sus anteriores trabajos con aquella ciudad. Había mucha diferencia, tanto arquitectónica como técnicamente. “Cómo va cambiando la piedra, la materia. Antes, mi oficio era arrancar grandes pedazos de tierra, de ser posible toda la montaña con las mordidas de mi escavadora. Devoraba más y más hasta dejar sólo una pequeña elevación de tierra que la aplanadora se encargaba de alinear. Tumbábamos montañas para construir otras montañas, más humanas; o al menos, acortábamos distancias entre una montaña y otra más cercana. ” Es parte de la transformación el que la tierra se erosione y vuelque en otra forma, tan absurda como la primera.

 

Salió de la cueva y prometió regresar cuando haya vuelto a ser humano. Llevaría el rifle al pueblo como prueba real de que la ciudad perdida existe. “Beatriz estará muy orgullosa de mí.” Seguía el camino hacia donde sale el sol cuando de pronto, escuchó el rumor del río que sólo aparece por las mañanas. Ya más relajado, se acercó a beber la fresca agua. Como siempre, la frescura de la naturaleza cubrió el cuerpo de Benito. Ya se había acostumbrado a la sensación: primero, eran unas ligeras cosquillas en el abdomen y las costillas; y después, desembocaba en un estremecimiento total del cuerpo hasta el último vello de su piel.

Fue un ligero ruido lo que lo inquietó. Viró la cabeza suavemente hacia la izquierda y distinguió a un humano. Permaneció inmóvil durante mucho tiempo como una eternidad. Una avalancha de emociones se proyectó en su mente. No supo qué decirle, cómo empezar  a platicar esta loca aventura. Cómo contarle que él era en verdad un humano y se llamaba Benito; que se había perdido en el bosque y no supo cómo regresar al pueblo. Quería contarle del venado y su conjuro para volver a ser humano; de la cueva y del rifle de aquel cazador perdido. Hacía ya varias semanas, tal vez meses o ¿años?, no sabía exactamente, que no veía a un hombre por el bosque. Sintió plena identificación con el extraño y a la vez, distanciamiento. Cierto que Benito era lo mismo que aquella persona, pero también era un animal. El humano parecía igual de extrañado que Benito; permanecía inmóvil, sorprendido, asustado. Ni uno de los dos hizo algo. El corazón de Benito comenzó a acelerarse. La pulsación hacía correr cada vez más rápido la sangre por sus venas. Para un humano, en varias ocasiones, otro humano es un hermano, un compañero; pero para un animal, siempre, un humano es una amenaza. Por una breve fracción de segundos, el extraño pareció moverse imperceptiblemente pero bastó ese ligero movimiento para que saliera huyendo de aquel lugar.

 

Se preguntaba por qué le había costado tanto comunicarse con su semejante; por qué de pronto, su corazón comenzó a latir con desesperación y po rqué, finalmente, había huido. “Debo llegar a la montaña. Debo llegar a la montaña,” pensaba un tanto obsesionado. Cada pensamiento le costaba más trabajado estructurarlo conforme iba subiendo. La presión de la montaña dificultaba pensar  a su cerebro. Lo extraño era que su cuerpo no sentía tal presión. Al contrario, el aire que entraba en sus pulmones le llenaba de energía, rapidez, fuerza y sobre todo, inocencia.

Sintió de pronto varias miradas depositadas en él, sacudió la mirada para vislumbrar y ligeramente percibió la silueta y el aroma del humano anterior. Lamentablemente para el humano, Benito se encontraba a mucha distancia de él como para poder alcanzarlo.

 

Una noche comenzó a llover muy fuerte. Desde la tarde, Benito miró en el cielo una gran cantidad de nubes grises dirigiéndose hacia donde él estaba ubicado. Lo fuertes vientos provenientes del Cerro de las Flores empujaban a las gruesas nubes muy rápido. No tardaría en llover.

Tan pronto como comenzó la lluvia, Benito decidió detenerse por ésta noche y buscar un refugio. Esa noche no encontró nada por los alrededores y tuvo que refugiarse entre unos árboles y unas rocas. Pasó mucho frío e insomnio durante toda la madrugada; tuvo que enrollarse y acalorarse con su propio cuerpo para no morir congelado.

 

Benito salió del cumpleaños de Beatriz muy cabisbajo. En verdad la quería y se hubiera casado con ella de no ser por su idea de quedarse en Lachiguiri. El pueblo no le desagradaba; al contrario, había aprendido tanto de la gente de allí, de sus costumbres y de sus creencias. Sólo no quería dejar la ciudad de México. Ahí tenía un departamento, un trabajo bien pagado por temporadas, su familia. Estaban ahí sus amigos; los beneficios que tenía la ciudad no podían compararse con los del pueblo. En el pueblo, era volver a comenzar de nuevo; hacer que te conozcan y te admiren por lo que haces. La ciudad ofrecía mil realidades, miles de vidas distintas unas de otras. Ofrecía millones de oportunidades, muchos sueños y vicios a la vez. La diversidad cosmopolita de la ciudad con sus mejores bares y mujeres, sus calles y edificios. La ciudad era un camaleón que tragaba para ser el camaleón de tu vida.

Pasó a la tienda del pueblo y compró un aguardiente de mezcal, lo llevó al lugar donde estaban quedándose y durante toda la tarde, bebió como nunca lo hizo. No soportó las nauseas que provoca la borrachera con mezcal, para colmo el baño estaba afuera y en desuso. No aguantó más; corrió como pudo por entre el bosque hasta encontrar un árbol apropiado para tal objetivo.

Vomitó cuatro o cinco veces. Descansó un rato en una roca plana hasta que se sintió mucho mejor. Mientras estuvo dentro, una extraña tranquilidad ambientó el denso bosque. “Talvez me quede a dormir hoy aquí,” se dijo a sí mismo. No obstante, por la madrugada iba a hacer más frío; era necesario regresar por unas cobijas. Volvió a la posada donde se hospedaban y recogió su frasada. Iba saliendo del cuarto cuando miró de reojo el azúcar. Inconscientemente lo tomó y salió de la posada. Lo demás ya es historia…

 

A pesar de la fuerte lluvia torrencial de anoche y del insomnio, Benito no se estaba cansado. Iba corriendo cada vez más rápido pues muy cerca de él se encontraba la cima de la montaña. Corría y corría, casi saltaba o volaba por entre el suelo y el aire. Sintió su gran ornamenta pesada pero supo que sólo era la madurez que llegaba a él. Ahora era un venado adulto. Todo su ser lo indicaba. Comió algunos frutos y hierbas frescas del camino, saltó unos pequeños peñascos para atravesar la montaña y escaló por último, el suelo empedrado.

Benito se encontraba en la cima; no lo podía creer. Esperó a que se respiración se tranquilizara para poder explorar el lugar. Anduvo dando vueltas de un lado para otro sin encontrar algún indicio o una señal que le indicase cualquier cosa. En realidad, nunca supo qué encontraría ahí, sólo ascendió inconscientemente con la esperanza de que todo se solucionara. Talvez encontrase al venado o al menos, sus huellas. Esperó largo tiempo a que apareciese el animal, su semejante. Atardecía, el sol se encontraba entre dos montañas con rumbo al poniente. Del otro lado se encontraba el pueblo, Beatriz y los de la constructora. Miró hacia ambos lados sin enfocarlos en un punto fijo y entonces, el mundo se partió en dos. La tela del cielo y la tierra se resquebrajó, dejando en el telón lo que hay más allá de nuestros ojos. Llovía el universo como una constante y cualquier lugar era el mismo y no lo era. Las figuras gestuales de las galaxias; la claridad abriendo paso como una aguja entre el espacio; la pequeña sencillez de que está formaba la vida; todo cedió su fuerza durante el transcurso de ese instante.

 

Vagos pensamientos recuerda Benito como la absurda idea de regresar a la cueva por el rifle y demás cosas; como la idea de bajar a Lachiguiri y contarle a Beatriz sus anécdotas. Recuerda haber ido a un manantial a beber la fresca agua que tanto le gustaba y recuerda haber observado minuciosamente a un venado.

“Tienes que ir a la cima de esa montaña. Ahí entenderás todo. Sólo sigue el camino donde nace el sol. La estrella más brillante de la noche te guiará,” fue el último pensamiento de la vida como humano de Benito que recuerda haberle dicho o pensado a un animal semejante a él.

 

Nain Raymundo Solana Chab©2009

 

 

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