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La lapida que pesaba en mi espalda
se deshizo en el viento. Una brisa
desde el hondo de mi alma me
convenció
de que la vida es infinita. Nadie
se muere.
Las distancias de mar y océano,
que crean nuestros cuerpos,
y las salidas de los barcos últimos
en el último suspiro,
durante años me ataron al
sillón,
me hicieron volverme pantera,
me hundieron en el deseo desmedido
insustancial de la pluma
huracanada.
Pero esta mañana un
resplandor nuevo,
una danza misteriosa me despertó.
La hibernación se terminaba y se desentumecía mi espíritu:
Abriendo las ventanas de mi casa lo comencé a gritar:
“¡Estamos
unidos, infinitos y nadie se muere!”.
Algunos cerraron las puertas y se negaron: "Yo no soy Tú,
el reloj pasa, el sol gira, el mar se mece
y la lucha, espada en mano, nunca se termina".
Reconocido el rayo en la oscuridad
mi voz se ha vuelto trueno y redobla
con el eco de lo que todos somos,
amor, belleza, libertad, independencia.
Las estrellas nacen para lucir,
no para que las miren luciendo,
los que no creen en las estrellas.
Las olas ruedan para envolver el amor eterno,
no para ahogar
a los náufragos de la soledad estrecha.
La lapida que pesaba en mi espalda
se deshizo en el viento. Una brisa
desde el hondo de mi alma me convenció
de que la vida es infinita. Nadie se muere.
Manuel
Ferrero López del Moral©2006
(del
poemario “Descubrimiento”)
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