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 El lenguaje: fuente de malentendidos

 

Así es, señoras y señores: el lenguaje, herramienta defectuosa de la comunicación, es la fuente principal de los malentendidos. Sin duda alguna, esta constatación puede ser considerada como un truismo ya que cada uno de nosotros lo sabe o por lo menos lo tiene interiorizado. Así, este problema de comunicación, aunque presente, dentro de una cultura parece menos grave o incluso pasa desapercibido en el seno de una cultura dada, pero la situación se hace más interesante si entramos en el campo de la comunicación intercultural.

 

En la actualidad dominada por el proceso de globalización, entablamos cada vez más amistades con representantes de otras zonas culturales, gracias a este hecho, nuestro conocimiento del mundo crece y asistimos a lo que se llama intercambio cultural. No obstante, este proceso de conocer la cultura del Otro no es tan fácil como pudiera parecer, ni tampoco es un “evento” desprovisto de problemas. Si logramos vencer el obstáculo de la distancia, lo que no es tan complicado si disfrutamos de los beneficios de Internet o del desarrollo de la red internacional de transporte, chocamos contra la barrera lingüístico-cultural. Y no me refiero a los líos relacionados con el desconocimiento del lenguaje autóctono de nuestro interlocutor puesto que esta complicación desaparece en la mayoría de los casos gracias a la divulgación del inglés en el mundo. Se trata de la barrera perceptivo-cultural que aparece entre dos personas que provienen de dos culturas diferentes, una barrera que se traduce en las elecciones particulares de los vocablos o las asociaciones diferentes que unas u otras palabras pueden suscitar. Este obstáculo, lo podemos describir como una pared de cristal edificada no solamente por dos percepciones del mundo diferentes, ya que cada ser humano tiene su propia percepción, sino también por las oposiciones culturales y la influencia del sistema lingüístico autóctono.

 

Puesto que me doy cuenta de mis faltas teóricas respecto al hecho sociolingüístico y cultural presentado (la verdad es que la teoría de la lingüística no es mi punto fuerte), me serviré de un ejemplo concreto para ilustrar lo que intento describir en este intento laico de verbalizar mis pensamientos.

 

Así, tomemos como ejemplo dos amigos: un polaco, estudiante de español, que nació en Polonia y un latinoamericano que tiene raíces polacas, pero no sabe absolutamente nada de Polonia, de su historia, cultura, ni conoce el sistema lingüístico aunque se declara orgulloso de sus antecesores polacos cuyos apellidos no sabe pronunciar. En consecuencia, los dos amigos no se comunican en polaco, lo que es obvio, sino en el lenguaje común para los dos, el castellano. Resulta que estas dos personas se entienden perfectamente en lo que atañe a la cultura que podemos llamar global o general. Dicho de otro modo, el polaco y el latino tienen la facilidad de hablar de intereses y aficiones como motos, deporte internacional, líos de faldas, etc. No obstante, el problema aparece cuando nuestros amigos entran en el campo de la cultura autóctona de uno u del otro. El latinoamericano, cuando oye que su amigo polaco tiene una inclinación fuerte hacia su patria, lo que es nuestro vicio o virtud nacional (según el punto de vista), le llama “nacionalista” puesto que en castellano nacionalismo significa justamente esta “inclinación de los naturales de una nación hacia ella”. El amigo polaco entiende esta palabra que también existe en su lengua materna, pero se siente ofendido. ¿Por qué? La respuesta es fácil, se trata de la diferencia lingüístico-asociativa. Nacionalismo en polaco es un término que tiene connotación peyorativa y significa: “una postura socio-política y una ideología que supone superioridad de la nación propia, egoísmo nacional, falta de tolerancia y discriminación de otras naciones”.

 

Así, el chico polaco tiene todo el derecho de sentirse insultado, pero también debe tener en cuenta las diferencias socio-lingüísticas, culturales e históricas ya que es quien conoce la cultura polaca y tiene algunas nociones de la cultura hispanohablante como estudiante de español. Así, en vez de ofenderse mortalmente, mejor explicarle al amigo latino esta diferencia sutil. Además, hay que tener en cuenta que aunque el hispanohablante tenga sangre polaca, esto no significa necesariamente que conozca la cultura del país de sus padres o abuelos. Diría que es más probable que no la conozca bien puesto que su personalidad y su percepción del mundo se formaron básicamente en un país hispanohablante y fueron influenciadas por cultura, historia y lenguaje de este determinado país. En consecuencia, podemos constatar que aunque la palabra española “nacionalista” tiene su correspondiente polaca “nacjonalista”, el significado de las dos no es el mismo, ya que remiten a otras realidades y otras percepciones del mundo. Así, el problema de comunicación entre los dos amigos no consiste en no entender las palabras, sino en darles otro significado, otra asociación.

 

El caso presentado puede parecer trivial, pero es el ejemplo más frecuente de malentendidos entre polacos y sus amigos extranjeros. Obviamente, los polacos también cometemos este tipo de errores utilizando palabras o expresiones inocentes en nuestra lengua, pero que tienen su peso peyorativo en español, francés, finlandés, etc.

 

No obstante, la moraleja de esta fábula es simple y clara: entablando las amistades con los extranjeros a veces mejor preguntar o verificar el sentido de alguna frase y no ofenderse automáticamente. Asimismo, es gracias a esta investigación que se opera el enriquecimiento intercultural. Así, el amigo polaco puede explicárselo a su amigo latinoamericano y el hispanohablante puede, por su parte, aumentar sus conocimientos sobre el país de sus ancestros, si le importa hacerlo y si este elemento polaco en su vida no constituye sólo una marca de exotismo que le hace distinguir de los demás. E infelizmente a esta actitud me la he encontrado varias veces personalmente.

 

Para concluir, tengo que confesar que es justamente esta actitud de querer guardar ignorancia respecto al aspecto lingüístico-cultural del interlocutor que viene de otro ámbito cultural que me inspiró para escribir este texto. Hoy la técnica nos da tantas posibilidades de conocer otros países, su historia, su cultura. Además no tenemos que limitarnos a mirar las fotos ya que podemos hablar con la gente de diferentes zonas del mundo por Internet. Así, lo que importa es disfrutar de estos logros plenamente y no encerrarse en su propia cultura, afirmando por ejemplo: “sí, tengo ancestros de otras partes del mundo y me sirve para sacar provecho individual, pero me importa un pepino su historia o cultura”. Para mí es una actitud inaceptable.

 

Abeja©2006/07