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 El concepto de la mexicanidad Hasta no verte Jesús mío de Elena Poniatowska y Los años con Laura Díaz de Carlos Fuentes

 

¿Qué es la mexicanidad? ¿Cómo son los mexicanos? Para responder a estas preguntas vamos a apoyarnos en el libro El laberinto de la soledad del celebre poeta mexicano Octavio Paz. El libro está compuesto por nueve ensayos sobre la identidad mexicana. Partiremos de la premisa de que un mexicano sabria definirse de manera más profunda y exacta frente a otras nacionalidades, ya que su conocimiento sobre sí mismo es intuitivo, consta de un matiz sentimental y además, como lo constata Paz, está basado en amplios conocimientos y estudios históricos, sociológicos, literarios e incluso lingüísticos. Sin duda alguna la identidad se manifiesta plenamente en el arte, en la literatura. Se comprueba en dos novelas de dos grandes escritores mexicanos: Hasta no verte Jesús mío de Elena Poniatowska (mexicana de elección puesto que aunque nació en Francia, es México la que la escritora considera su verdadera patria)  y Los años con Laura Díaz de Carlos Fuentes.

 

Las protagonistas de ambos textos son mujeres mexicanas: Jesusa Palancares y Laura Días, respectivamente, además son personajes femeninos muy originales, ninguna de ellas es un representante del llamado every man de su tiempo. Jesusa es una mujer pobre, ni siquiera sabe leer y escribir, pero aunque no tiene formación, sabe sobrevivir contando sólo con sus propias habilidades. En consecuencia, es un personaje muy complejo y poco esquemático, entre otros factores porque Jesusa no solamente se convierte en soldado durante la Revolución Mexicana, sino también porque tiene el don de la videncia, y sabiduría de curandera. Laura Díaz por su parte representa el mundo que constituye la antitesis del representado por Jesusa. Laura es una mujer educada, de la clase alta, es nieta de un hacendado alemán, además es una mujer consciente de la situación mexicana y mundial del siglo XX. Ambas narraciones se inscriben en la corriente del realismo poético, en consecuencia, la mexicanidad en los libros es claramente visible, casi tocable, se manifiesta a través de las descripciones de todos los protagonistas y sus comportamientos,  en el fondo histórico y en la realidad mexicana en general. No obstante, no hay que olvidar que los protagonistas casi siempre son personajes sobresalientes que no desaparecen en la realidad novelesca.

 

El carácter mexicano

El mexicano, según Octavio Paz, es un ser cerrado, ensimismado, triste y sarcástico, nihilista de manera instintiva. Su mayor virtud es la reserva. El mexicano, sea quien sea, obrero o profesor universitario, se preserva, se encierra, lleva una máscara del hombre inconmovible e inquebrantable, reservado y resistente. El hombre mexicano es un macho para quien abrirse al mundo significa dejarse vencido, perder. Por eso, guarda su intimidad, es celoso en su interior, no expresa sus sentimientos y emociones, se siente diferente de los demás. Es un ser inalterable. La hombría se mide por individualismo e invulnerabilidad, por la resistencia ante el mundo exterior, que obviamente es un mundo hostil y enemigo. A la verdadera alegría se la puede hallar solamente en la embriaguez y el torbellino, en la fiesta. Los mexicanos se emborrachan para confesarse, pero su naturaleza impide la confesión, la apertura.

 

La mujer mexicana, al contrario, es un ser humano inferior, puesto que la apertura forma parte de su naturaleza femenina. Octavio Paz la describe de manera siguiente: “en el mundo hecho a la imagen de los hombres (...) es sólo un reflejo de la voluntad y querer masculinos”, es decir la mujer no tiene deseos propios. Su mayor virtud es el recato, la decencia. Sus fuerzas magnéticas son independientes de ella misma. Por una parte, es una criatura inerme e inerte, por otra, es activa, se apodera de los rasgos propios al hombre, se convierte en la mala mujer, en bruja o prostituta. Seduce a los hombres y los abandona. Se cierra al mundo, por consiguiente, se vuelve invulnerable.

 

Jesusa Palancares es un ser híbrido, dotada tanto de los rasgos característicos del hombre mexicano como de las características femeninas. Al perder a su madre crece entre hombres asimilando sus comportamientos y su manera de ver el mundo. A la edad de quince años se convierte en soldado, recorre gran parte de México junto con las tropas zapatistas: primeramente al lado de su padre, luego con su marido, el general Pedro Aguilar. Después de la muerte del esposo, se instala en la ciudad de México, donde permanece hasta su muerte. Es un personaje fuerte y resistente, cerrado al mundo. Nunca se queja, ni cuando es pegada por las amantes de su padre, ni cuando es golpeada por su marido. Sin embargo, cuando no puede soportar el comportamiento de su esposo hacia ella, todos sus golpes y latigazos, le desafía, está dispuesta a matarlo o a morir. Como soldado monta a caballo, se viste de hombre, ama las fiestas, aunque nunca se emborracha. Además es curandera, conoce propiedades de las hierbas. Sobre sí misma muy a menudo dice que “tiene el diablo adentro”. En general, Jesusa es una mujer activa que vive entre hombres, pero, al no cumplir con la imagen de la mujer mexicana, sigue siendo rechazada por los demás, tanto por hombres como por mujeres. No obstante, no carece de algunos rasgos femeninos. Cumple con los deberes tradicionales de la mujer: cocina, obedece a su esposo etc. Al no tener sus propios hijos ampara a los huérfanos y a la gente sin domicilio. Toma parte en la Revolución, pero no como soldado propiamente dicho. De todos modos, la fuente de su sufrimiento constituye la falta de aceptación por parte de la gente que la rodea. La sociedad, tanto hombres como mujeres, no la acepta porque es no entra en sus moldes. Además, la protagonista misma tiene plena conciencia de que no refleja la imagen de la mujer mexicana. Su soledad es enorme. Además, Jesusa se da cuenta que entre su comportamiento y mentalidad hay un abismo y se desdeña a sí misma. Si los demás no la aceptan, ella tampoco es capaz de hacerlo.

 

Por el contrario, los personajes masculinos en Hasta no verte Jesús mío son en mayoría muy típicos. Tanto Pedro Aguilar como Felipe Palancares son verdaderos machos mexicanos. Ambos representan un tópico del hombre de los tiempos de la Revolución, soldados valientes, personas emergidas en su soledad que nunca se confiesan en público. A Pedro y Felipe se les podría llamar mujeriegos, pero, en realidad, incorporan todos los rasgos básicos del hombre mexicano, o sea, fuerza, resistencia y reserva.

 

Laura Díaz, la protagonista del libro de Carlos Fuentes, tampoco se inscribe en la imagen típica de la mujer mexicana, es una mujer inteligente, educada, aficionada a la literatura y al. arte. Trata de desempeñar el papel tradicional de hija y esposa, sacrifica sus pasiones e intereses en nombre de sus deberes femeninos. No obstante, por medio de un acontecimiento trágico, abre los ojos y se convierte en un ser humano consciente de su existencia y su lugar en el mundo. La protagonista rompe con la imagen de la mujer sumisa al marido omnisapiente, llega a ser una persona activa y decidida. Conforme a eso, desde el momento de transición Laura empieza a cerrarse al mundo exterior y guardar celosamente su intimidad. El cambio en el carácter de Laura se manifiesta también a través de su actitud hacia los demás, hacia su familia y sus antiguos amigos, quienes no son capaces de aceptar a la nueva Laura. Así pues, la protagonista adquiere los rasgos basicos de un mexicano mediano, tales como la reserva y la desconfianza, y por consiguiente, el cerramiento a lo exterior.

 

El marido de Laura, Juan Francisco, encarna por su parte todos los rasgos de un hombre mexicano. Es una persona extremadamente cerrada al mundo. Su pavor es abrirse y dejarse vencido, derrotado por el mundo. Además, hasta la muerte no se atreve a contar a su esposa la historia de su vida. Es un personaje hermético, aparentemente invulnerable, capaz de guardarse hasta la muerte.

 

El personaje mas interesante en  Los años con Laura Díaz es el mayor de los dos hijos de la protagonista, Santiago, puesto que es homosexual. Pero, sus inclinaciones homosexuales no lo hacen nada “femenino”, por el contrario, refuerzan el cerramiento. Santiago no consigue abrirse hacia su mejor amiga, su madre, no es capaz de decirle toda la verdad sobre sí mismo. Guarda su secreto y, como todos los demás, se siente diferente. No logra vencer su hombría.

 

La fiesta y la religión

Octavio Paz denomina a sus paisanos “un pueblo ritual”. Así, el mexicano ama el alarido de la noche de fiesta, goza de las reuniones públicas, porque solamente la fiesta puede inmovilizar la vida. Esta pasión por las reuniones sociales tiene origen en los tiempos precortesianos. Los antiguos mexicanos se juntaban para tomar parte en los espectáculos sagrados de los sacrificios humanos. Las ofrendas en cuestión no eran simples actos de atrocidad, sino servían para sostener la existencia del cosmos y la continuidad de vida. Hoy en día, los mexicanos también se reúnen en el nombre de la religión. Cada pueblo tiene su patrón o incluso dos. Cada año se organizan fiestas para celebrar el día del santo de un pueblo o una ciudad. Además, hay celebraciones comunes para el país entero como las grandes fiestas populares del Día de los Muertos.

 

La fiesta es un tiempo mágico. El hombre, que se siente suspendido entre el cielo y la tierra, entre la vida y la muerte, entre sus propias contradicciones internas, puede por un momento perderse en el fervor de las celebraciones. El elemento imprescindible de la diversión es la embriaguez gracias a la que el mexicano llega a abrirse. Solamente de esa manera sabe vencer la soledad y destruir su propio cerramiento. El término de la fiesta vincula profundamente la religión y el culto a los santos cristianos con los rasgos indígenas. Los mexicanos adoran a la Virgen de Guadalupe y a Santa María, en realidad, un símbolo de la transculturación. La Virgen junta en sí los rasgos cristianos y los de la pagana Tonatzín – la deidad Madre azteca. A pesar del culto mariano, México se inclina a adorar a Dios con el aspecto de niño o del joven Jesús. Esa inclinación está relacionada con el hecho de que el auge de la popularidad de las divinidades aztecas, tales como Xipe Tótec o Huitzilopochtli (que tenían aspecto de hombres jóvenes) coincidió, al llegar Hernán Cortés con los conquistadores, con la caída del imperio azteca. Los dioses jóvenes se convirtieron en el símbolo de la grandeza del México antiguo. También la figura histórica de Cuauhtémoc, el último joven emperador azteca, se inscribe profundamente en esa corriente.

 

En Hasta no verte Jesús mío Jesusa Palancares describe un acontecimiento impresionante, en el que la fiesta se une con la religión. Es una descripción del entierro del chico Refugio Galván. El entierro como ceremonia es, en el catolicismo, el símbolo de devolver a Dios lo que es suyo, lo que a Él pertenece, ya que el ser humano, en realidad, no es el dueño de su propia alma, ni de su destino. En conformidad a lo que dice la Biblia, todos somos polvo y vamos al polvo. Al contrario de la cultura occidental, en México la presencia de la muerte no asusta, porque no se la considera como el fin de la vida, sino como el paso al más allá, el peldaño siguiente en la escala de la existencia. La muerte abre el camino a la otra dimensión de la vida humana. Por eso, el entierro parece ser un pretexto para divertirse, celebrar la breve vida por medio de la fiesta. Así es la ceremonia fúnebre de Refugio, alegre y festiva. Después del entierro empieza la fiesta, la gente se siente contenta, no se puede llorar para no quitar la gloria al difunto. El día termina con una borrachera y tiros pegados al aire. Obviamente, tal manera de tratar la muerte en la cultura mexicana está profundamente relacionada con la cosmovisión precortesiana, porque para los antiguos mexicanos la oposición entre vida y muerte no era nada evidente. Este tratamiento de la muerte forma parte de la esencia de la mexicanidad: la coexistencia del cristianismo y del pensamiento azteca en la mentalidad del pueblo.

 

La representación de Dios en el libro de Elena Poniatowska se manifiesta a través de la aparición del Niño de Atocha. El Jesús de Atocha, llamado el Niño, tiene aspecto de un chico joven, representado con una canasta en la mano. Puede aparecer como un niño de seis años o como un joven de unos veinte. Allí donde llega, hace maravillas. Jesusa cuenta la historia de una mujer sentenciada a muerte, liberada de su destino por el Niño de Atocha. Octavio Paz subraya que los mexicanos adoptaron la imagen de Dios con el aspecto de una persona joven. Tal vez el Niño de Atocha sea un eco lejano de la deidad azteca Xipe Tótec, ya que la imagen de ese dios se acerca al modo mexicano de concebir al Dios cristiano. Entre las tribus nahuatl, Xipe era una deidad representada como un niño, el dios de la fecundidad y de la flora renaciente, su símbolo era el maíz. Así pues, la canasta en la mano del Niño puede ser aludir a Xipe.

 

Carlos Fuentes por su parte describe en su libro el mundo de las clases altas. La visión del mundo del libro Los años con Laura Díaz no es limitada ni por la pobreza ni por el continuo sufrimiento de hambre. Ahí Dios no existe ya. Algunas huellas de su presencia adornan solamente las iglesias en el campo, viven en las memorias de la protagonista. Laura Díaz menciona la figura de Jesús que había visto cuando era niña, a principios del siglo XX. Era una figura del Negro Jesús de Otatitlán en la iglesia de Catemaco, un pueblo en la región de Veracruz. En aquel entonces, todos los habitantes, fuesen pobres o ricos, personas de la margen social o plantadores del café, daban ofrendas generosas al Negro Jesús. Los pobres traían secretamente hoyas, antiguas alhajas heredadas en sus familias durante siglos, collares de ónix, peines de plata, brazaletes de oro y esmeraldas. Los ricos ofrecían dinero o sacos de azúcar y de harina. Todos rogaban a Dios por la buena suerte para ellos mismos y sus familias. También pedían a Dios por la mala suerte para sus enemigos o vecinos. No cabe duda alguna que la costumbre de ofrecer donativos a una deidad es un claro reflejo del antiguo pasado mexicano. Es verdad que los aztecas no tan sólo sacrificaban a los hombres, sino ofrecían serpientes, flores y piedras preciosas. El costumbre de las ofrendas todavía no ha desaparecido en México.

 

Es difícil tratar el tema de la mexicanidad sin conocer a los mexicanos ni haber estado en México. A pesar de ello, atraídos por la belleza de la literatura mexicana, nos hemos atrevido a hacer un pequeño resumen de los rasgos típicos de un mexicano medio. El libro de Octavio Paz impugna muchos de los estereotipos vinculados con el concepto de mexicano por un lado, pero por otro, muestra que muchos de ellos son verdaderos. Como conclusion podemos decir que la mexicanidad significa: hombres muy machos, fiestas, religiosidad y falta del pavor ante la muerte, pero fuera de México no se aprecia la tristeza interna y el cerramiento del pueblo mexicano, rasgos parecidos a los de los rusos. Aunque no creemos que, en la actualidad, un mexicano joven sea muy diferente de cualquier otra persona de su edad de cualquier otro país en desarrollo, no se puede olvidar que hay características inscritas en la nacionalidad por razones históricas, sociológicas, económicas, etc. Esos rasgos se reflejan en el arte, de cualquier tipo que sea – pintura o literatura, aun cuando aparezcan escondidos o rectificados. La literatura del México contemporáneo presenta una espesura de símbolos, pero es el primer paso hacia el entendimiento del concepto de la mexicanidad.

Agnieszka D³uska© 2006

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