la revista on-line de la facultad de Filología Hispánica de Poznañ

   

 

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 Palo Mulato

 

Juan Maltiempo

 

Tienes una angustia:

querías llenarte

 sin haberte vaciado

¡Pobre de ti!

La fluorescencia de una estrella en agonía

 

Primero pensó en el caballo y lo dejó que bebiera agua. Había desatado la silla, comenzó a deslizar las manos suavemente, acariciaba el lomo, una y otra vez como quien busca hacer fuego y en él consumirse. Había quitado las amarras, fue frotando las orejas de un lado a otro, cariñosamente, como quien prepara la tierra queriendo borrar todos los dolores. Se mojó el rostro, delicadamente, fue rozando la mejilla sobre la piel azafrán como quien en un beso se desvanece. Y así se estuvo un buen rato, callado, con los ojos líquidos y los pies en el agua, abrigado bajo la promesa de una nueva luna sobre la espalda. No tenía frío, entonces, también él bebió.

 

El silencio era el mismo de siempre: las chicharras fluían al compás del río, arrullaban la noche. El viento suspiraba suave, cálido, cargado de todas esas voces que la montaña esconde. Saciada la sed, el hombre y el caballo salieron del agua. Al contacto con las piedras del río, el repicar de los cascos se impuso sobre los demás sonidos: el silencio por un instante fue otro. Levantando el rostro al cielo, el hombre preguntó con la mirada, pero los ojos no encontraron respuesta. Resopló el aire caliente y se desabrochó la camisa. Con la cabeza agachada, halló bajo el palo mulato el lugar adecuado para un momentáneo reposo, y sin pensar en nada más, se acomodó todo lo largo que era. El caballo, a su vez, bajó la guardia.

 

No tenía más de cuarenta y cinco años. Poseía el tono cobrizo de una piel que desde siempre había sido dorada por el sol; las manos, aquellas  callosidades que tantas veces hicieron parir la tierra, eran las de un hombre predestinado al campo. Se levantaba con la intuición de los primeros destellos de la aurora y se acostaba cuando el sol se había marchado; pero esa noche sería distinta. Hombre y caballo estuvieron callados por un buen rato, con los ojos cerrados y el hervor de la sangre desbocada por el sentimiento de culpa. La luna se mostraba cada vez más como la dama de la oscuridad, controlando la totalidad de las sombras desde lo alto. Hacía más calor. De pronto, en el umbral de la medianoche, empezó a escucharse el afligido canto de un grillo cansado. El hombre, paulatinamente, resintió en el corazón la letanía que se le fiaba. Era inevitable: “Los grillos siempre barruntan”, se había dicho alguna vez cuando todo le era posible. Después de asistir a semejante sinfonía, por más que el cuerpo estuviera molido, herencia de una jornada hostil, el hombre, menos que antes, no pudo descansar. El rostro buscó al convaleciente grillo por todas partes, pero la mirada, a pesar de estar acostumbrada a la visibilidad nocturna, no halló nada. Las lágrimas, como un riachuelo que se precipita en su carrera para confundirse en el mar, brotaron de los ojos desconsolados por el deseo de un contundente final. Repentinamente, en la palma de la mano derecha sintió cómo le recorría un escalofrío pasmoso: el grillo, luego de un salto mortal, había fallecido.

 

Nunca estuvo tan alterado ni tan ansioso por la idea de la muerte. La comezón en el cuerpo, como mar picado, fue inmediata. A las lágrimas siguió el sudor gélido, paralizante de la voluntad, origen de una temblorina difícilmente contenible. Quemado por la idea de un sol lacerante que le destrozaba la mano, arrojó por los aires el cuerpecito inerte. Éste, como estrella fugaz, surcó la bóveda celeste y, finalmente, luego de la eternidad del viaje, terminó por descansar en el río. Una luminosidad intensa estuvo flotando por algunos minutos sobre la mirada perdida. Entonces, en medio del letargo, la angustia asomó la cabeza.

 

¿Y si le doy en la madre? –se hubo dicho por la mañana mientras se alejaba enfurecido de la parcela,  montado sobre caballo en el que descargaba la ira. ¿Y si le daba en la madre?, resonó la sentencia en los oídos calientes, y el rumbo, junto con el deseo de venganza, se fueron por la vereda que desemboca en el río. No había ido a comer.

 

Aquel descubrimiento de que Saulo podía ser muerto a traición, le había quitado las ganas de llenar la panza. Y no era la muerte en su apariencia lo que lo nutría de una avidez enorme; su ansia estaba en la muerte misma, en desaparecer al cabrón que le quitaba el agua simplemente porque su milpa también tenía sed, y el río, lo sentía muy lejos.

 

Primero pensó en la idea y se estuvo un buen rato tirado a la orilla del río. Mientras rumiaba el sentimiento de muerte, arrojaba una que otra piedra al agua, buscando en los improvisados saltos de rana la solución que tanto anhelaba. ¿Y si le daba en la madre? Lo quiso echar a la suerte. Que fuera el destino quien lo dictaminara, que la providencia le enviara una señal, que la muerte tuviera licencia, que la venganza bajara del cielo y se posara sobre el machete afilado, que el golpe fuera certero.

 

Saulo era mayor, pero lucía más joven. Había crecido en un pueblo cercano, en el rancho del padre. Nunca trabajó mucho: la bonanza paterna lo había malacostumbrado a gozar de los placeres de la vida sin el mayor esfuerzo. Siempre que iba al campo, encontraba la manera de hacer poco, de descansar mucho, de escaparse a los otros pueblos y emborracharse en las cantinas, de robarse muchachas, convencer a algunas, de apostarle al gallo derrotado, al caballo más lento. Era una maleza que pertenecía a otras llanuras. Cuando murió el padre, las hermanas ya estaban casadas, el mayor había muerto, y el menor trabajaba su propio terreno desde hacía unos años. Saulo se encontró entonces amo y señor de una fortuna considerable, pero su mala cabeza lo llevo a ir vendiendo poco a poco lo mucho que había heredado. Y finalmente, cuando vio que el matrimonio le era inevitable, se casó con Juliana, y tuvo que convivir con la idea de tener que trabajar la tierra del suegro.

 

Anunciaba la partida del sol un cielo teñido de rojo. El hombre se levantó del suelo. Había estado ahí junto al río por más de dos horas, esperando el momento preciso. Cuando el coyote venga por la gallina ¡zas! Se dijo mientras esperaba agazapado la fatalidad de la historia. La tierra parecía contener la respiración: el bochorno era demasiado intenso. Los pájaros no cantaron. La totalidad de las emociones se concentró en el momento en que las sombras desdibujaban las formas. Las siluetas se confundían con el paisaje. El murmullo de unas pisadas de hombre se aproximó a él, y sin contener la rabia, lo acabó, golpe tras golpe, hasta reducirlo a retazos de carne que ni los zopilotes reconocerían.

 

Le había dado en la madre. Sabía que tapándole el canal su obsesiva ambición lo haría ir por más agua, colocándolo así bajo el poder vengativo del afilado machete. Saulo habría muerto: su naturaleza abusiva lo habría matado. Pensó en destazar el cadáver, meterlo en una arpilla repleta de piedras y polvo y arrojarlo al río. Se apegó a la idea de que por varios días a nadie inquietaría la ausencia, de todos eran conocidos sus prolongados tratos con el alcohol. Luego de unas semanas, cuando la angustia se apoderara de los familiares, lo buscarían en los ranchos vecinos, las cantinas, los burdeles, los retenes de policía, y como no hallaran respuesta, pensarían en el abandono. La providencia habría hecho su parte.

 

Con el corazón lleno de una tranquilidad aparente, el hombre miró al cielo en señal de victoria y agradeció a la luna por la intuida promesa de guardar silencio. Se dispuso entonces a ocultar el cuerpo, tendría el tiempo del mundo para concluir lo planeado. Cenaría en casa, buscaría la arpilla y montado en el caballo se iría monte abajo para arrojar el bulto. Se dibujaba en el rostro una mueca en él nunca antes vista: le había dado en la madre.

 

Cuando llegó a la casa, la mujer lo esperaba con el candil en la mano. ¿Por qué no llegaste a comer? Le preguntó como quien nunca antes hubo cuestionado algo. El hombre, con el pensamiento en otra parte, respondió: estaba cazando al coyote. Entonces la mujer no dijo nada, y atizó el fogón. Comía el hombre la tortilla caliente cuando la mujer le dijo que Saulo lo había venido a buscar, que se le había tapado el canal y quería su ayuda. ¿Y no sabes pa dónde jaló? Preguntó el hombre con el fuego en los ojos. Fue a ver a tu hijo para que lo ayudara, creo que lo mandó a buscarte.

 

Primero tomó la soga entre las manos e hizo el nudo. La luna permanecía firme en el trono de la noche. Pasó la cuerda sobre la rama elegida, el corazón latía sin saber por qué. Con la muerte en el cuello, se montó al caballo. Conocedor de las cualidades catalizadoras del palo mulato, descargó la furia en la piel azafrán, como quien en un llanto desgarrador nace a la muerte. Y colgó de la rama hasta que el hedor a cadáver lo hubo delatado.

 

José Miguel Barajas©2006