la revista on-line de la facultad de Filología Hispánica de Poznañ

  

 

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 Panzerfaust

Grzegorz Janusz

 

   El ardor andaba lentamente a lo largo del cigarrillo, con cada respiración daba un paso más hacia los labios. No había otra luz en la habitación, solamente este cigarrillo. Las cenizas se derramaban del cenicero, los ojos picaban por culpa de humo, aunque este no se lo veía.

   Se acercaba la medianoche. No miraba el reloj, pero lo sabía.

   - Él va a venir dentro de poco - solamente esta idea se movía por mi mente causando que empezara a recordar los rezos aprendidos durante la infancia. Tenía miedo. Aspiré profundamente el humo y soplé otra nube.

   -¿O tal vez no venga, tal vez todo esto es una mentira?

   El cigarrillo me quemaba los labios, pero todavía no quería apagarlo.

   Mi mano temblaba, estaba fría y húmeda del sudor.

   Se aproximaba la medianoche. El jueves se estaba acabando, estaba muriendo, agonizando a velocidad de una gota de sangre por segundo y su sangre tenía color del ardor. Aplasté la colilla en el cenicero, me quemé los dedos, las cenizas se esparcieron por la mesa. Ya no se veía nada.

   En la lejanía el reloj empezaba a emitir su más larga y monótona melodía. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad o tal vez  había más luz en la habitación.

   Lo vi. Estaba de pie, frente a mí, con las piernas levemente separadas y las manos cruzadas en la espalda. Estaba todo vestido de negro. En la cabeza llevaba una capucha negra puntiaguda con rajas cortadas para los ojos. Guardaba silencio. Yo tampoco decía nada. Tenía miedo. Empezaba a tener frío, oía retumbos. Él fue el primero en hablar. No hablaba de manera normal, susurraba ruidosamente. Su voz se parecía al chillido de un pájaro carroñero.

   -¿Por qué me llamaste?

   Le respondí después de un momento durante el cual había mojado la garganta seca con la saliva y había regularizado la respiración.

   -Quiero vender mi alma.

   No veía su cara, pero sabía que estaba sonriendo.

   -Muéstramela- exigió.

   La tomó y la examinó a contraluz de la ventana. Las nubes descubrieron la luna pálida. En este momento podía verlo bien. Era delgado y alto, mucho más alto que yo. En el cuello llevaba una maciza cadena de plata con el dije en forma del esqueleto de pez. Llevaba unos guantes delicados en los que agarraba mi alma examinándola minuciosamente.

   -Es casi nueva- dije.

   Se volvió hacia mí. Otra vez tenía la impresión de que se estaba sonriendo.

   -Nueva- susurró- pero dañada con algo afilado en la muñeca izquierda.

   -Es la única que tengo- respondí.

   Esta vez carcajeó de manera bastante audible. Puso el alma en la mesa de manera que sus piernas colgaban hacia abajo.

   -¿Qué quieres a cambio de ella?- ahora su voz se parecía al siseo de un reptil hambriento o al murmullo de un inmenso hormiguero en fuego.

   -Necesito un puñal con el que pudiera matar a cualquiera, que perforase la piel del armadillo y el chaleco antibalas, que matase a los vampiros y a los fantasmas, que pudiese matar al alma, que ni ángeles, ni el mismo Dios, si lo encontrara algún día, pudiesen defenderse ante su poder. Eres el único que me lo puede conseguir.

   Ya no tenía miedo. Hablaba claramente, despacio.

   Él guardaba el silencio. Estaba reflexionando.

   -Está bien. Lo tendrás- dijo después de un rato- pero el alma no bastará. Quiero más.

   Me asusté. Tantas diligencias, tantas noches pasadas en las bibliotecas cubiertas de telaraña estudiando libros destinados a ser quemados, después un miedo terrible y todo en vano. No, esto es imposible.

   -¿Qué más quieres? ¿Qué mate al Papa?- casi estaba gritando.

   -Obtendrás ese puñal, pero tendrás que usarlo en un año, no importa contra quien. Si no lo haces el puñal desaparecerá y tu alma de todos modos será mía. Esta es mi condición- las palabras salían de su boca como sale el gas de la botella llena de vino que se está fermentando. Respiré con alivio. Esto sí se lo podía prometer. Asentí con la cabeza.

   Sacó un rollo de pergamino de debajo del abrigo, lo desplegó en la mesa. Me pasó un pequeño cuchillo con puño de madera y señaló mi muñeca.

   -Ya tienes experiencia en estas cosas- graznó.

   Miré en mi muñeca, en las blancas, delgadas y paralelas cicatrices. No las había visto en la oscuridad, pero sabía que estaban allí. Lo recordaba. Tomé el cuchillo e hice una nueva incisión, esta vez menos profunda. Brotaron unas gotas oscuras.

   -Me gusta este olor- dijo y mojó la punta de la pluma de cuervo en la sangre. Me la pasó. Garabateé mi firma en el pergamino y acerqué la muñeca, que me picaba, a los labios. No había leído el documento. Estaba demasiado oscuro, pero sabía que no podía engañarme. Cuando la sangre se secó, volvió a enrollar el pergamino y lo escondió en el pecho.

   -El puñal vas a obtenerlo dentro de una semana. Voy a venir como hoy. Lo debido lo voy a reclamar a su debido tiempo. Y recuerda, la primera victima en doce meses- dijo.

   -En cuanto a eso puedes estar tranquilo- ahora era yo quien se reía.

   Desapareció.

 

 

   Otra vez estaba sentado en la oscura habitación, fumando un cigarrillo. Otra vez tenía miedo. Oía el aullido de los perros vagabundos y los crujidos de ramas tiradas por el ventarrón detrás de la ventana. La luna no salió. Las nubes arremolinadas corrían con el viento al oeste. Se acercaba la tormenta, los rayos saltaban entre el cielo y el horizonte.

   Apagué el cigarrillo. Vi la silueta encapuchada en el fondo de la pared.

   -¿Lo tienes? ¡Lo trajiste!- grité.

   No dijo nada. Puso en la mesa un paquete envuelto en una tela negra. Lo cogí y rompí el bramante que lo ataba. En mi mano tenía el puñal, largo como la hoz enderezada y estrecho como un rayo. Brillaba suavemente en la oscuridad. Apreté la mano en la empuñadura.

   -Te voy a contar como fue elaborado- murmuró.- Tu pedido fue realizado por unos enanos ciegos, que forjaron la hoja del meteorito. Durante seis noches trabajaron en la forja dentro de un volcán- susurraba despacio.- En el filo hay un canal pequeño lleno de veneno. Lo he preparado mezclando mi sangre, el esperma de un ahorcado por inocencia, la ponzoña del escorpión y de la culebra, añadí un polvo hecho de colmillos del perro rabioso, garras del buitre, la punta de la lanza del soldado romano, unas migajas de la piedra del ahogado, un polvo blanco que huele a almendras amargas, suciedad raspada del hacha del verdugo y de la guadaña de la Muerte, la herrumbre de tres clavos, las hierbas venenosas de los indios y unos hilos de la camisa de un muerto de la viruela negra. Con esto se puede matar a cualquiera- mientras me explicaba esto, unos escalofríos me cruzaban la espalda..

   -El veneno bastará para una sola vez- siseó.

   -Vale. Quería todavía preguntarte una cosa antes de que te fueras- las palabras se abrían paso lentamente por la garganta.

   -¿Qué quieres?- chirrió.

   -¿ /Cuántos como tú hay ahí, bajo la tierra?- mi voz era igualmente ronca.

   -Yo solo, el resto son como tú.

   -¿Hay solamente un Satanás?

   -Sí.

   Cogí el puñal y se lo clavé en el pecho. En el corazón. Lo empujaba hasta que traspasó su cuerpo.

   Gimió. Todo su cuerpo tembló.

   Sentí un fuerte dolor por dentro, en el costado derecho, hasta que grité.

   Él temblaba, estaba con el estertor. De repente, se transformó en un enorme gato negro, emitía altos maullidos, echaba sangre. Quería alcanzarme con sus uñas.

   Di un salto hacia la pared.

   El dolor en el pecho se apagó, pero todavía palpitaba.

   En ese momento él se convirtió en un murciélago con dos colmillos largos y agudos, después era un cuervo que aleteaba, las plumas negras giraban alrededor.

   Algo también aleteaba en mi interior.

   A continuación se transformó en una mariposa nocturna, el polvo de sus alas entraba en mis ojos.

   Cerré los ojos.

   Cuando otra vez abrí los párpados, vi una araña que movía las patas con perplejidad. La araña se convirtió en una serpiente boa que se estiró por completo y se transformó en un tiburón.

   Y así se quedó. En el centro de la habitación.

   Un tiburón en un charco de sangre. La sangre de varios animales. En la superficie roja flotaban las plumas negras.

   Las branquias del tiburón temblaron y se pusieron rígidas.

   Echó su último aliento. Lo había conseguido.

   Me acerqué más al cadáver del pez, me puse en cuclillas. La empuñadura de plata salía de su lado. Me sequé la frente del sudor. Encendí un cigarrillo. Salí al balcón.

   La luz. El cielo se hacía gris. En la lejanía el gallo cantó. Tres veces una tras otra, casi sin pausa.

   La tormenta posó al lado. El viento se calmó. El cielo era despejado y se hacía cada vez más claro. Ya casi no se veían las estrellas.

   Todavía sentía el dolor en el pecho.

   Miré hacia abajo, hacia la calle, que se encontraba nueve pisos debajo de mí.

   -¿Y si saltara?

   La autodestrucción. Es un pecado. Cometerlo significa ir al infierno.

   Pero, al fin y al cabo, el infierno ya no existe.

Traducción al castellano: Abeja ©2006

Corrección: Maila Lema

El cuento en el formato [doc] (30KB)

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