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 El jiliguero de Dios: San Juan de la Cruz, escritor Místico

 

No puedo imaginarme la literatura española sin la poesía de san Juan de la Cruz. Cuando dejo de creer en la fuerza elevadora de la palabra vuelvo a La llama de amor viva. Pero ¿qué prevalece en su poesía: el ardor religioso o aficción por la palabra?

 

San Juan de la Cruz representa eminentemente la figura del escritor místico. Es una persona que además de padecer una experiencia religiosa quiere comunicarla a través de la palabra escrita. Y en tanto en cuanto sus escritos poseen propósitos artísticos -aunque no prioritaria o exclusivamente artísticos-, son objeto de la ciencia literaria. Esta pretende situar el estilo del autor dentro de una determinada época y estética, y por eso antes de todo ha de analizar críticamente los recursos literarios, retóricos, etc. que han sido utilizados. Pero hay que notar que la obra mística provoca también el interés de otras disciplinas. Puede ser analizada por ejemplo por los teólogos, filósofos, psicólogos, antropólogos o historiadores de la cultura, etc. (Mancho Duque, 1993: 15).

 

Ahora bien, está claro que una escritura concebida de modo artístico –aunque, insisto, en el caso de san Juan no era objetivo prioritario-, supone el dominio de una técnica que opera sobre una materia, plástica e impalpable, como es la palabra. La cuestión de las posibilidades expresivas de la palabra es esencial para el místico quien, con ella y a través de ella, quiere decir lo indecible. El escritor místico debe, por tanto, saber aprovechar las oportunidades que le da la palabra, el lenguaje de su época. Y hay que añadir en seguida, que la obra de un místico en el siglo XIV posiblemente habría sido de una calidad inferior porque el castellano de aquel siglo, en contraposición al del siglo de san Juan no era todavía un instrumento competente para relevar los tenues matices de unas vivencias tan íntimas. Como dice Menéndez Pidal:

 

La mística fue fruto tardío del Renacimiento, porque su eclosión coincide con el auge de las lenguas vernáculas, deseosas de emular, igualar y aun superar las de prestigio clásico, guardando, no obstante, un exquisito respeto por las peculiaridades, leyes y normas internas, propias, unido todo ello a un afán de sencillez y elegancia, potenciado por un ideal de belleza como sólo el platonismo renacentista sería capaz de transmitir (cit. en Mancho Duque, 1993: 16-17).

 

La valoración de la palabra es característica del escritor místico, y es rasgo obsesivo en san Juan de la Cruz porque es su última escapatoria para expresar lo que sentía. Fácilmente podemos observar una continua atención y reflexión sobre las palabras por parte de san Juan: sobre la utilización, el sentido, el alcance y los limites de las mismas. El vocablo “palabra” aparece en 226 contextos en todos sus escritos, según los datos publicados en Concordancias del año 1990. Es interesante mencionar aquí que el santo es un artista no sólo de la lengua escrita, sino también la oral. Varios testimonios comprueban que el místico se distinguía por un discurso afectivo e intimista que provocaba admiración en sus interlocutores en la vida cotidiana. Una religiosa de tal manera caracterizaba su gracia en el decir: “sus palabras encendían y abrasaban” (cit. en Encarnación, 1993: 125). Los compañeros del santo se encontraban bajo tanta impresión de su talento hasta que lo llamaron el “jilguero de Dios”. Su manejo en el habla seguramente se debe a una formación humanística y una vivencia interior que influía en su espíritu.

 

La crítica literaria comenta en particular la amplitud selecta del vocabulario del místico. San Juan extrae palabras de varios registros, que demuestran el intelecto abierto propio de la mentalidad renacentista. El poeta con habilidad empleaba en sus escritos el vocabulario desde el núcleo religioso, o la tradición profana hasta diferentes artes o técnicas, como la cinegética de altanería: “azor”, “nebli”, “abatir”, “alcance”. Es curioso que también entraba en el campo fisco y astronómico de su tiempo (recientes estudios confirman que el santo conocía la teoría copernicana y la aplicó a su concepción del alma) (cf. Mancho Duque, 1993: 18). Además, san Juan escogía de estos distintos campos las palabras especialmente bellas por su aspecto externo y por su contenido (Mancho Duque, 1993: 19). Además, a san Juan, le interesa el significado semántico de los vocablos (Mancho Duque, 1993: 21). Veremos por el ejemplo su reflexión sobre los variados matices de una palabra: “Porque “extraño” llaman a uno por una de dos casas: o porque se anda retirado a la gente, o porque es excelente y particular entre los demás hombres en sus hechos y obras” (CB, 14, 8). O construye definiciones de modo poético: “Las “ínsulas extrañas” están ceñidas con la mar, y allende de los mares, muy apartadas y ajenas de la comunicación de los hombres” (CB, 14, 8).

 

San Juan se interesaba por el contenido de la palabra pero a la vez distingue perfectamente la cara fónica de ésta. Sabe combinarlas y producir juegos de paranomasias, aliteraciones, ritmos, rimas y otros efectos acústicos (Mancho Duque, 1993: 20). Qué nos sirvan de ejemplo, los famosos versos del “Cántico espiritual”: “silbo de los aires amorosos”, “no sé qué que quedan balbuciendo”.

 

De modo que por la razón de utilizar el lenguaje figurado –especialmente el símbolo- san Juan es considerado precursor de movimientos poéticos contemporáneos (Bousoño, 361), incluso los vanguardistas (Mancho Duque, 1993: 22). A sus coetáneos superaba con su palabra misteriosa. Lo confirma el hecho de que fue pedido de escribir comentarios con el objetivo de aclarar los símbolos infusos para ellos.

 

San Juan de la Cruz une en su obra una bella naturalidad y profesionalidad. Por eso, no faltan comparaciones de san Juan a las aves que mejor lo encarnan: el jilguero de Dios, el ruiseñor de Fontenebre... Su prosa y su poesía son divinas y, como subraya Menéndez y Pelayo, "no pueden medirse con criterios literarios, porque por ahí pasó el espíritu de Dios hermoseándolo todo”. Pero por otro lado, la literatura penetra a la materia divina mejor que las escrituras teológicas. El artista tiene la capacidad de expresar intuitivamente las bases de la fe que tan rigurosamente exponen los teólogos. Por lo que sea, san Juan de la Cruz combina de forma excepcional la literatura y la mística dando a luz una obra profunda e inagotable.

 

W©2006

Bibliografía:

 

Bousoño, Carlos (1985). Teoría de la expresión poética. Madrid: Editorial Gredos.

Mancho Duque, Jesús Maria (1993). Palabras y símbolos en san Juan de la Cruz. Madrid: Fundación Universitaria Española, Universidad Pontificia de Salamanca.