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 El ”ser” de América: comparación del mundo y de la cultura de Hispanoamérica y Norteamérica

 

El descubrimiento del Nuevo Mundo por Cristóbal Colón (1492), de América del Norte por John Cabot (1497) y de  Brasil por Pedro Alvarez Cabral (1500) inició la expansión colonial de los españoles, portugueses e ingleses. Los cronistas de aquella época escriben que los colonizadores encontraron las tierras poco cultivadas. Mediante nuevos colonos, América juntó dos tipos de civilización: una del carácter ibérico (española y portuguesa) y otra, anglosajona. (inglesa). La civilización ibérica tenía el carácter conquistador, la anglosajona más bien colonial. Entre los españoles generalmente se encontraron militares, empleados, clérigos y algunos agricultores. Los que vinieron de la Gran Bretaña eran sobre todo agricultores, artesanos y comerciantes. Cuando los de Península Ibérica representaban al rey y lucharon por las tierras nuevas en su nombre y en el nombre de Dios, los ingleses, en cambio, vinieron de su propia voluntad para cultivar la tierra, sin tener en cuenta la autoridad real. No obstante, una de las características comunes era que en ambos grupos había pocos intelectuales.

 

Los ingleses mudaron a América para olvidar el pasado. Su propósito principal era crear un nuevo país, fuerte e independiente. Los posibles tesoros no les importaban tanto puesto que vinieron para trabajar y no pensaban en volver a Gran Bretaña. Se trasladaban con sus esposas, hijos, abuelos, amigos, con todo lo necesario para ganarse la vida en nuevos terrenos. Los españoles, al contrario, eran principalmente solteros (reales o falsos) y, por eso, a menudo vivían con las mujeres indias. Su presencia en América era temporal, pasajera, pues, no trasladaban a América a sus familiares. Las palabras de Benjamín Carrión nos aclaran esa situación: Mientras los ingleses se transladaron a proseguir la vida inglesa, con sus familias, sus gatos, sus costumbres, en cambio, los iberos se lanzaron de cabeza al mar, el non  plus ultra, a lo desconocido, en busca del El dorado, el País de la canela, el reino del Gran Kan, el oro, las esmeraldas...” (1933). Los habitantes de la Península Ibérica fuerion a América por los tesoros y no para vivir allí. Su intención era conquistar tierras y bienes para la Corona. Es la llamada utopía en la conquista del Nuevo Mundo. No les interesaban las tierras americanas para cultivarlas sino para conquistar las supuestas riquezas: A la utopía se debió el que los conquistadores confundieran mito y realidad y buscaran obsesivamente El Dorado, La Fuente de la Eterna Juventud, Las Siete Ciudades Encantadas o de Cíbola, la Montaña de la Plata, el lago donde dormía el Sol y el País de las Amazonas.(Quesada, 2001) Además, los españoles eran siempre muy dependientes de la Coron, mientras que los ingleses limitaron sus contactos con Gran Bretaña a los comerciales.

 

Otra característica que diferenciaba la actitud española de la inglesa era el propio proceso de colonización. En primer lugar, eran los españoles quienes usaron armas de fuego y la violencia. La colonización inglesa era, por lo menos al principio, pacífica. Los españoles, por su parte, decidieron introducir el trabajo obligatorio de los indios lo que no surgía en Norteamérica. Otro aspecto que diferenciaba el Nuevo Mundo Hispano de la América Inglesa era también la construcción de ciudades. Las inglesas eran grandes, ofrecían puestos de trabajo y constituían centros del comercio y de la civilización como Boston o Nueva York. En Hispanoamérica, al contrario, las ciudades eran mucho más pequeñas. Aunque los colonizadores  construían palacios, catedrales, iglesias y universidades, se descuidaban el comercio y la industria, los dos factores principales del desarrollo.

 

Otra diferencia es la actitud que originó el mestizaje. Es un proceso característico para la América del Sur que no se produjo entre los indígenas y los ingleses puesto que después de las dramáticas luchas entre los blancos y los indios, los pueblos indígenas del norte se cerraron (o más bien fueron cerrados) en reservas autónomas e independientes administrativamente.  Eso contribuyó a una mejor conservación de la cultura de los indios del norte. Hoy en día hay, por ejemplo, escuelas y universidades donde se enseña la cultura y el idioma de los indios Navaho por ejemplo. Así, los indios de Norteamérica siempre han sido orgullosos contrariamente a los indios de Hispanoamérica que después de las luchas perdidas a favor de los conquistadores se hicieron humildes y obedientes. Asimismo, la conquista del Nuevo Mundo por los iberos inició el encuentro de dos culturas. Sus consecuencias vemos en el mestizaje. El nuevo grupo étnico, los mestizos, apareció como consecuencia de relaciones entre los iberos y las indias. Hoy en día, los mestizos constituyen la mayor parte de la población de Hispanoamérica. Por lo que se refiere a los Estados Unidos, no se puede hablar de mestizaje propiamente dicho.

 

Otra cuestión es el problema de los esclavos negros en ambas Américas. La esclavitud existió tanto en América del Norte como en América del Sur. Los españoles y los portugueses trajeron a los esclavos africanos a América en el siglo XVI. Su objetivo era reemplazar a los indios más débiles físicamente que no eran capaces de trabajar largas horas en minas o plantaciones. Cien años después, los anglosajones decidieron hacer lo mismo. Trajeron los nuevos “empleados” de África para utilizarlos como mano de obra barata en las grandes plantaciones del sur. Sin embargo, en ambos continentes existía también la esclavitud de los blancos e incluso de mujeres. Gracias a la buena condición física los africanos llegaron a ser capataces de las plantaciones o grandes haciendas, en este caso su trabajo consistía en controlar y a menudo también castigar a los esclavos indios. Los negros, llamados “cimarrones”, es decir, los que huyeron de la hacienda donde trabajaban, se escondían en los bosques donde atacaban a los pueblos indios, les robaban comida y también mujeres. Los indios se sentían peores y más débiles de la población afroamericana, lo que sucede mismo hoy en día. Sin embargo, hay regiones donde ambos grupos étnicos vivían y siguen viviendo en paz. Así, tenemos que ver con la población “zamba” que surgió de la mezcla de los indios con la gente negra. En la actualidad hay también un gran numero de los mulatos. Son los hijos de los blancos y los negros.

 

El problema de razas no es tan grave en Hispanoamérica como en los Estados Unidos. En América Latina todos, los blancos, los indios, los zambos, los negros, los mulatos y los criollos, viven juntos. En Norteamérica los blancos se consideran mejores que las minorías étnicas ajenas. Prefieren que esa “otra” gente se asimile a ellos y se comporte como ellos. Si no puede tener el mismo aspecto físico, que repita por lo menos los esquemas europeos. En resultado, los hispanoamericanos suelen criticar el problema de las razas en los Estados Unidos, se critica a los gringos, como si este problema no existiera en América Latina. Sin embargo, no se puede decir que en Hispanoamérica el problema de la discriminación de los negros o indios no exista, además se hace mucho menos, que en los Estados Unidos, para solucionarlo. Las influencias africanas en Hispanoamérica son enormes y muy importantes, las vemos en el modo de vestir, la ropa de muchos colores, la inclinación a la magia (voodoo), las creencias religiosas (macumba), la música, la poesía y las artes plásticas. La población de orígenes africanos de Norteamérica, por su parte también subrayan las influencias de su cultura, sin embargo no les gusta que estas influencias se las llame “subculturas”.

 

Comparando a las naciones de ambas Américas no podemos olvidar de la personalidad de sus pueblos, generalizando un poco, pero eso parece inevitable. De este modo, se suele considerar que los latinoamericanos son impetuosos, doctrinarios, contemplativos e intelectuales. Los estadounidenses, en cambio, son pragmáticos, impasibles, realistas y trabajadores. A los hispanoamericanos les podemos llamar visionarios que tienen concepciones filosóficas y culturales. Los anglosajones se caracterizan por el empirismo, el racionalismo y el positivismo en la economía y en la cultura. Asimismo, lo que difiere es también la actitud respecto el trabajo. Esas diferencias ya las percibimos en el período colonial entre los conquistadores españoles e ingleses. Los españoles querían dominar creando las instituciones como la encomienda y el repartimiento. Entre los anglosajones y otros colonizadores, por el contrario, había cooperación voluntaria. Actualmente, los estadounidenses idealizan el trabajo, son muy optimistas, pero les gusta la competencia en el trabajo. No les interesan tanto las cuestiones culturales. Los hispanoamericanos, sí, se ocupan de la cultura, pero al mismo tiempo, no se oponen ante la omnipresente americanización y el universalismo.

 

Otro punto importante son las cuestiones de creencias. En las Américas había dos religiones cristianas: en el Nuevo Mundo el catolicismo y en Norteamérica, el protestantismo. Los protestantes adoraban al Dios mediante el trabajo físico, negaban las diversiones, tenían pocas fiestas y no convertían a los indios al protestantismo utilizando todos los métodos posibles.  En Hispanoamérica la religión oficial era el catolicismo español. Hasta el punto de que en ocasiones la Inquisición que castigaba a los colonos desobedientes y no a los indios. Aquí, hay que distinguir la acción de convertir al catolicismo de los misioneros y de los colonos. Los españoles canalizan la cultura y la educación por medio de los misioneros y los conventos religiosos. La administración de las aduanas espirituales está a cargo de la Iglesia Católica (...) Se fundaron escuelas para los españoles y los criollos, liceos y convictorios para los adolescentes, a cargo de los jesuitas (...)En cambio, los inmigrantes anglosajones trajeron el empeño de hallar facilidades para una vida a la inglesa, y solamente, se dejaron influencias por la naturaleza, el clima, las posibilidades. (Carrión, 1933) En el mundo de los hispanoamericanos la religión ocupaba  el año entero, para los anglosajones la religión significaba una media hora por semana.

 

Según Waldo Frank (Abellán, 1972), la sociedad norteamericana se centró en el individuo, en el hombre individual y anárquico, átomo de la sociedad. El hombre ha dejado de ser persona, ya es individuo carente de verdadera libertad y es ya una enfermedad llamada “americanización”. Las características de esa enfermedad son: la voluntad individual, la máquina, la democracia-rebaño, la industrialización, la reglamentación, el culto a la personalidad, el materialismo, etc. El perfil de los problemas hispanoamericanos es diferente, pero su preocupación por el “Ser” de América da una cierta esperanza: el Nuevo Mundo no ha caído en la desesperación total. El pensamiento de los hispanoamericanos se centra en describir la posición de América Latina frente a Europa. Además se admite que América vivía cómodamente a la sombra de la Cultura Europea, por eso, apareció el sentimiento de timidez e inferioridad. Es verdad que los hispanoamericanos han heredado mucho de la Cultura de Europa: lengua, religión, costumbres, concepción del mundo y de la vida. Pero ahora hay que pensar más en adoptar la concepción del mundo a de Europa a la circunstancia americana, y no al revés, no adoptar esta  circunstancia americana a una concepción del mundo europeo porque es imposible. El norteamericano se rompe la cabeza: Ahora tiene que plantar su propio árbol cultural, hacer sus propias ideas, pero una cultura no surge de milagro, la semilla de tal cultura debe tomarse de alguna parte, debe ser de alguien. Ahora bien, - y éste es el tema que preocupa al hombre americano -, ¿De dónde va a tomar esta semilla? Es decir, ¿Qué ideas va a desarrollar? ¿A qué ideas va a prestar su fe? ¿Continuará prestando su fe y desarrollando las ideas heredadas de Europa? ¿O existe un conjunto de ideas y temas a desarrollar propios de la circunstancia americana? (Zea, 1983: 189) El americano continuamente cree que su expresión no es forma alcanzada y que es problemática, es una cosa a resolver. Y no es así. Los anglosajones han hecho del individuo el centro de las relaciones sociales, buscan el engrandecimiento del individuo. Por lo que se refiere a Europa, quieren subrayar lo que Europa ha realizado para satisfacer necesidades que le son propias. Quieren ser una segunda Europa, una copia extendida. Todo se reduce a números (dólares o metros). En cuanto al hispanoamericano, éste se siente inferior no sólo al europeo, sino también al norteamericano.

 

En una palabra, los pueblos iberoamericanos no pueden ya seguir la vía de los pueblos occidentales. Tienen  que actuar como una gran comunidad, la comunidad ibera. Y no deben negar su destino, que es decidirse por el amor y no por el poderío. Hablando del ser de América no se debería echar la culpa al segundo pecado, como lo ha hecho Héctor Murena en El pecado original de América. Hispanoamérica es pura y su único delito es tener la desunión y el desorden que proviene, creo, del carácter del hombre hispanoamericano. Esa separación de los países hispanoamericanos provoca el desconocimiento y dificulta el amor. Al mismo tiempo, América, de ningún modo, debería negar o despreciar su espiritualidad, contemplación, ideas filosóficas y artísticas, sino buscar en esas cualidades su propio ser.

 

Marta Wróblewska©2006

 

Bibliografía

 

Abellán, José Luis (1972) El ser de América, págs. 183-205, en: J.L.Abellán, La vida de América: origen y evolución, Madrid: Ediciones Istmo

 

Carrión, Benjamín (1933) Raíz e itinetario de la cultura latinoamericana, págs. 391-409, en: L.Zea, comp. Fuentes de la cultura latinoamericana I, México: FCE

 

Quesada, Sebastián (2001). Imágenes de América Latina. Madrid, Edelsa Grupo Didascalia, S.A.

 

Urbañski, Edmund Stephen (1981). Hispanoameryka i jej cywilizacje. Hispanoamerykanie i Angloamerykanie, Warszawa, Pañstwowe Wydawnictwo Naukowe, págs. 42-209

 

Zea, L. (1983). En torno a una filosofía americana. págs. 187-207, en: J.J.E.Graciae I. Jaksic, comp. Filosofía e identidad cultural en América Latina, Caracas: Monte Ávila Editores