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 Silvia

   

 

Ella se llamaba Silvia y murió a los tres días de desaparecida. Nadie sabía dónde estaba, con quién se había ido. Todos la buscarían, pondrían su fotografía en cualquier poste de luz, anuncio de cartel, en cualquier programa de televisión y noticias. Oirían la voz del padre, preocupado, preguntando por ella, pidiendo que regresara. Ella nunca más lo haría. Nunca más vería la cara de sus padres ni la de sus asesinos.

Ella desapareció y una llamada, un día más tarde, revelaría su paradero. Ella no hablaría con sus padres durante todo ese tiempo, ellos no se lo permitirían. Ellos estipularían sus condiciones: silencio absoluto, discreción total y una gran cantidad de efectivo. La familia reuniría el dinero, se lo darían y tendrían que esperar. Un mes, seis meses. La espera seguiría firme, apoyada en la fe. La esperanza les mordería las uñas de las manos con su impaciencia de niña. Les pedirían más dinero. El tiempo se extendió como un cheque en blanco pero Silvia estuvo muerta desde el tercer día en que desapareció.

Desesperado, el padre buscó ayuda, pidió protección, formó un equipo de trabajo, inició la búsqueda exhaustiva, a perseguir rastros, separar el misterio de las sombras: nombres, lugares, estados de cuenta, coches, enemigos. Talvez Silvia los estaría guiando, les estaría señalando las pistas de dónde pudieran hallar su cuerpo. Los victimarios no importaban, lo más importante era ella, su integridad, su libertad, su vida.

 

 

Pasaron los seis meses y se llegó al año. La esperanza caía en su débil realidad. Aquella esperanza que alienta corazones, que cree en un mañana, en el porvenir, en el entendimiento, en la paz. Continuaron comunicándose. Ellos torturaban a los padres, cambiaban decisiones, trazaban resultados ficticios, el término de la pesadilla. Era mentira. Era mentira porque Silvia estaba muerta y ellos lo sabían.

Jugaban con la familia, con la policía. Estaban entre ellos, demasiado tarde lo sabrían, ellos eran los perpetuadores del crimen. Muchas Silvias estarían en sus manos, extorsionándolas, jugando con su miedo y con su sexo. Gozaban. El placer de dominar sin explicación. Someter al otro, tener su voluntad entre las manos. Jugar a ser dios, a dar la vida y a quitarla. Ofrecer esperanza y paz después de pasar seis meses y hasta un año en el infierno de la incertidumbre y la espera.

Imposible mantener la creencia en salvarla, en encontrarla con vida. Un año sin escuchar su voz, sin verla, a sabiendas de que vive en contra de su libertad. Presa. Silvia era una presa de una lucha, de un combate donde ella no tenía trinchera ni bando. Sólo era un objeto más. Una fuente de ingreso. Una vagina jugosa. Algo para calar hasta lo más hondo al enemigo, para hacerlo rabiar más y demostrar que no tienen el control, que el sistema es ineficaz e impotente.

 

Silvia los llamaba desde alguna parte donde ya no pertenecía a su cuerpo. Dispuso las cosas para revelar el misterio de su paradero e identificar a los responsables. Silvia, la selva virgen e inocente. No pertenecía a la ciudad sin límites ni a las calles nerviosas. Era libre, espesa, llena de misterios que ningún hombre alcanzaría a revelar. Que ni sus asesinos profanarían porque sólo verían en ella a una vagina, a un objeto, a una inversión segura si se sabe administrar el tiempo y la psicología.

 

Algún día los atraparían gracias a Silvia y a la firme decisión del padre. Sin esperanza, sin lágrimas, él continuaría porque ya no sabría qué otra cosa hacer, porque nació para ella y para descifrar su misterio y su paradero. Algún día sabría la verdad. Se encontraría con los agresores de su hija; él les haría la única pregunta que no lo dejaba dormir y ellos contestarían con la única respuesta que sabían: la matamos al tercer día que la secuestramos.

Nain Raymundo Solana Chab©2009