la revista on-line de la facultad de Filología Hispánica de Poznañ

   

 

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 Sombras

 

Y en tanta luz era la oscuridad

la que guiaba mis pasos.

José Carlos Becerra

 

Andrés había contado muchas veces a su mujer lo de una sombra visitándolo por las noches, tan pronto comenzó a trabajar en la ladrillera, aquella junto a la “Laguna del Negro”. Ella le aseguró que todo era consecuencia de dormir durante el día: “Los veladores sólo ven sombras, deberás acostumbrarte”. Terminaba por decirle.

 

Pero él se aferró a un hecho extemporáneo. Conocía la leyenda del mulato, quien en castigo a su adulterio con la esposa del patrón, fue amarrado desnudo bajo el muelle para ser devorado vivo por los lagartos. “Debe ser ese hombre quien me visita cuando estoy en vigilia”, dedujo.

 

En un principio, adentro de la bodega donde permanecía velando, sentía el acechó por la espalda; aquello sucedía hojeando el periódico o alguna revista; otras veces sintió ese asedio cuando acostado en la hamaca, escuchaba el béisbol por la radio. Pero una noche resolviendo un crucigrama, sorprendió a la oculta presencia cuando vio su sombra reflejada en la pared, y ya detrás, el reflejo de otra. Se convenció del acoso de alguien ensombreciendo su existencia y ese alguien marchándose junto con él tan pronto era de día.

 

Su mujer, muy por el contrario vio a un hombre jugando en la irrealidad para evitar el presente, y decidió ocupar como en un tablero de damas inglesas, los espacios no cubiertos. Para ella era fundamental contar con lo necesario para comer, y si permitía un fracaso laboral más de su pareja, todo sería como las anteriores veces: penas y derrotas. Por lo mismo lo dejó avanzar en sus cuadros oscuros, pero alejado del alcohol.

 

El velador creyó durante varios días en una posible benignidad de la oscura aparición, cuando por un instante ésta se le mostró de frente y en pie. Pudo distinguir entonces la imagen de un hombre alto y robusto, sin rostro pero con eternidad.

 

Las visitas continuaron noche tras noche. Las cuales provocaron se  acostumbrara a esa presencia y ya no se supo quién vigilaba a quién. Pero cuando una vez se presentó con el nudo de una soga en la mano, envuelto en el miedo presintió una fatalidad, pues la historia señalaba que por esos años los homicidas morían colgados bajo una ceiba, y él supuso ser descendiente de algún criminal.

 

Detalló a la mujer su nueva preocupación. Ella para tranquilizarlo le dijo que nunca una sombra había provocado daño alguno. Quiso tomarlo a la ligera pero no pudo. Y tan luego partió al trabajo, sin jamás saberlo, su esposa hizo desaparecer de casa con ayuda de los hijos, todo lo asemejado a una soga: cables, lías, cinturones, cordones, etc.

 

 La ultima  ocasión en ver la negra imagen fue un viernes de madrugada. Sin embargo al amanecer encontró sobre la mesa la cuerda enrollada como una serpiente. Cuando preguntó sobre ello, los trabajadores contaron sobre un compañero, quien la había comprado para el amarre del cayuco. El cual era utilizado para pescar por las tardes. Nadie quitó esa cuerda de allí, ni siquiera él, quien sintió un terror al verla. Decidió entonces huir del lugar de cierta manera. La noche del sábado desató el cayuco y remó hasta el centro de la laguna. Desde allí vigiló la bodega y los ladrillos. La sombra del mulato nunca pudo seguirlo hasta allá y aquella idea terminó con el acecho.

 

Disfrutó mucho con ese modo particular de vigilia, aunque supuso no sería del agrado del patrón si continuaba vigilando a esa distancia, pero no quiso comentarle nada por unos días más. Disfrutó de la noche y el sonido de los insectos alrededor de las aguas. Varias veces vio partir a las garzas de madrugada. Las estrellas y la luna lo enloquecieron de libertad.

 

La familia completa notó ese cambio repentino en él. Volvió a ser sociable, conversador a todas horas. Su mujer creyó seriamente de algún encanto mágico en la laguna, aunque le desagradaron mucho las picaduras de mosquitos que su esposo no pudo evitar por pasar la noche allí.

 

Una de esas picaduras hizo efecto. El sueño profundo lo envolvió un viernes de madrugada cuando las garzas aún no emprendían el vuelo y la luna era todavía una enorme hostia en el cielo. Tan pronto el sol calentó demasiado su rostro, despertó envuelto en fiebre y con una palidez extrema. Remó con dificultad a la orilla donde todos ya lo esperaban, y entre risas irónicas caminó en busca de su jefe para darle una explicación. Pero un nudo en la garganta se le hizo y nada convincente pronunció.

 

 Aquel descuido le hizo perder el trabajo. Fue entonces cuando le abandonaron las fuerzas para volver a empezar. Vio la soga en la mesa y se la llevó.

 

Al mediodía con el sol en su cenit el velador subió al patíbulo y cerró los ojos al mundo por un instante. Después metió el cuello en el círculo abierto y se dejó caer como quien se desploma de un desmayo. Pero solamente se cerró una sombra y nada detuvo su caída desde el último piso de la torre empresarial. Abajo una multitud hizo rápidamente un círculo alrededor del cadáver sin rostro. Había quedado de espaldas al cielo, como queriendo ocultar su sombra en medio de tantas desconocidas.

 

Daniel Peralta Guzmán©2006