la revista on-line de la facultad de Filología Hispánica de Poznañ

   

 

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 La sombra lo unifica

   

 

He sido bautizado con un nuevo cuerpo. Hace casi cien años desde que comenzó todo y hoy, verme nuevo otra vez me hace sentir aquella energía y furia pasadas. No voy a ocultar los cambios sufridos por la imposición y el tiempo, ni mucho menos a levantar el polvo sobre los objetos viejos: una escopeta vieja, un machete oxidado y una pala sin su mango. Todo yace en mi antigua casa, la hacienda olvidada por nosotros y retomada por las plantas y los árboles de ceibo. Todo lo que cogía con la mirada, hoy lo levanto con el corazón. Ahí fue el único refugio posible para resguardar lo poco que nos ha quedado, lo poco que luchamos hace tiempo con nuestro cuerpo, con nuestras manos y piernas desgastadas, heridas por la fibra del machete y el estertor de la escopeta. Pero hoy, hoy fui bautizado con un cuerpo nuevo. La esfera giró, como siempre, silenciosa, en apariencia inmutable, y un gran rugido exhaló el cielo con sus relámpagos. Era de noche, una noche nublada, sin estrellas, sin cómplices que pudieran revelar nuestros secretos. Resguardados. Resguardados por las nubes. Un techo etéreo recoge nuevos murmullos y los extiende con la lluvia hacia nuevos campos, otros tiempos donde florezcan los cuerpos, cuerpos como el mío, cuerpos de carne y hueso, cuerpos que sueñan cuando miran la tierra fresca y respiran la brisa que dejó la lluvia. Cuerpos que mueren y renacen en el momento preciso, que son enviados por el maíz para rescatar la sabiduría del venado. Era de noche cuando desperté sediento, sudado, con las manos temblorosas y una sensación de extrañamiento, de enajenación. Fui a la cocina a tomar un vaso con agua. Al correr el líquido en mi cuerpo, sentí la luz del hidrógeno y del oxígeno. Supe que había renacido. Supe que volví otra vez cuando hace casi cien años me había marchado. Ella me trajo de vuelta. No dije nada, sonreí con la gracia con la que sonríen los vivos. Sonreí y todo regresó al misterio, al misterio del vientre, al misterio del sol, al misterio de los cuerpos girando y renaciendo. Supe porqué estaba aquí, porqué la noche fecundó este cuerpo de estrellas y polvo. Bebí más agua, me hice más consistente, más amalgamado y macizo. Mi sonrisa debió despertar al día porque el sol reflejaba mis ojos. Amanecía como el maíz. Una equidistancia me dijo que era mi hermano, era mi padre, era mi hijo. Estaba a mi cargo su soledad épica, su eterna soledad. Necesitaba de un compañero, un amigo que brillara como él, que entendiera su soledad y su renacer en el tiempo. Es cierto, el cuerpo humano habla de brazos, de piernas y cabeza, habla por sus mil sistemas pero nunca por su soledad, su única carga, el peso de la levedad de ser. Busqué por todos lados como desesperado, como un adicto, como un perdido. Revolví todo: muebles, libros, ropa, sin resultado alguno. Pensé en la paz tan inalcanzable, propia sólo para los objetos inanimados, un paz de aparador, una paz comercial donde el mundo está bien, la tierra está bien, el patrimonio está bien pero aquí, donde el suelo muerde los dedos de los pies y avanza ansioso y hambriento hasta la cabeza y taladra obstinadamente su murmullo desesperado, aquí donde el sol brilla como yo, percute su tambor florido y habla ritmos bélicos, no hay paz. Lo miro todo desde una frontera invisible, desde una trinchera dual, ficticia, verde o negra. Colocado en un punto inasible, indeseable para cualquier cuerpo, para cualquier sistema orgánico, para cualquier lenguaje verdadero. Si tan sólo me dejaran hablar como el sol, les diría que buscan una paz ciega, imposible para el movimiento, perteneciente a los objetos inanimados. Sólo ellos conocerán el olor del polvo asentado, el olvido de las personas. Sólo ellos sobrevivirán cuando ya no haya trinchera, cuando ya no haya una verdad que defender, tan estúpida, tan innecesaria. Lo miro todo y me doy cuenta de mi posición. Nunca pretendí ubicarme, ni decir tiempo o espacio. Nací como hace casi cien años, con el brillo del sol y el abrazo de la tierra. El oro verde, el oro blanco, la fatídica lucha, la verdad “absoluta”. Todos miran brillar lo insustancial, lo inmutable. Dejaré que el sol hable por mí. Los veo con su uniforme verde o negro y digo son sólo sombras. No renacerán. No volverán otros cien años porque estoy aquí, porque escucharán el sonido de mis pasos y no me verán. Tendrán miedo como nunca lo han sentido. Ellos, que piensan que la fuerza son sus brazos y sus uniformes, no conocen esta casa, esta humilde casa. No conocen casa alguna. Viven como perros callejeros olfateando el rastro enemigo. Todos son sus enemigos hasta demostrar lo contrario, hasta que el silencio o el grito de dolor expiren y sepan que eran inocentes. Ahí están, en la calle. El sol arremete sobre ellos pero no se dan cuenta de aquellas garras de luz que desgarran sus uniformes y su fuerza. No miran. No sonríen. No saben del misterio de la risa. Olvidados. Olvidados por su ciega verdad y el combate entre sus dos bandos. Me es imposible continuar quieto. Mis pies, renacidos por la noche, comienzan su camino. Su silencioso andar sólo lo perciben los arbustos y los animales. Me acerco hacia ellos. Los evado. Nadie se da cuenta de que entro en mi antigua hacienda. Deambulo por entre los grandes salones y los espaciosos jardines crecidos por la maleza. Aparto las hojas con mis manos para ver mejor. Ahí están. Golpeando. Acribillando. Masacrando un cuerpo, uno ya herido, sangrando. Un cuerpo que ya no habita el sol. Un bulto sangrante y aguado. Se lo que tengo que hacer. Voy hacia la ubicación exacta. Me dejo llevar por mi memoria guardada durante casi cien años. Ella conoce el camino, traza las señales y por fin llego. Olvidados, empolvados; miro con aire de alivio a la escopeta, aún está cargada. Cojo el machete con la otra mano, la guardo en su funda y la cuelgo sobre mis hombros. Dejo la pala en su lugar porque después me hará falta. Regreso a la masacre silenciosa, a la trinchera entre dos bandos. Un cuerpo inocente exhaló el último suspiro. Afuera están los otros, los enemigos de los enemigos. Todos enemigos. Nadie recuerda sus cuerpos de estrellas y polvo. Ahí están con la verdad sostenida por sus dos brazos, pulsando la salida al mínimo contacto con el gatillo. Afuera, nadie sabe lo que ocurre adentro pero es lo mismo. Es lo mismo y el sol lo sabe y se oculta. Es lo mismo porque la noche lo unifica todo con su sombra, porque rompe la frontera entre los árboles y el suelo, entre la hacienda y el jardín, entre el verde y el negro. Pienso en mi primer movimiento; en adelante, será la voluntad del aquí y el ahora la que deparará el futuro. Aquel bulto de carne y hueso es tirado de la silla en la que permanecía sentado. Cogen las dos piernas para que el inerte pueda moverse, se arrastre, lo arrastren. Lo ofrendan al jardín y a la noche y por fin me miran. Sienten miedo al mirar el único ojo de mi escopeta. Saben que su verdad está apoyada en la pared, nulificada por la falta de voluntad, por la necesidad de dos brazos y una mirada firme. Un ruido sordo resuena desde mi arma. Caen los cuerpo, caen los uniformes negros, caen las risas envueltas del cuchillo y la violencia. La noche fecunda cuerpos nuevos, deja que la tierra y la sangre sean renovadas por el sol. El olor de la pólvora vieja y el sudor me hacen sentir cansancio, asco y sueño. Tendré que regresar a mi casa, mi humilde casa, a la tierra fértil y al solitario sol. Tendré que volver sin éxito, con resignación. No existe trascendencia mientras existan los objetos inanimados. Alguien tomará otra vez esta escopeta. Dirá que hay una causa justa y se vestirá de negro o verde pero nunca del color de la tierra o el sol. Se acercan. Salen de su trinchera contraria debido al estruendo del rifle. Pronto estarán aquí, conmigo. Los estaré esperando. Escucho cómo rompen la puerta, sus trotes alborotados, sus voces dando instrucciones. Hacen su estrategia porque piensan atacar. Pobres. No encontrarán más que tierra roja y un silencio sepulcral. Se acercan. Noto sus uniformes verdes y la verdad sostenida entre sus dos brazos. Los esperaré con la sonrisa oxidada de mi machete y el cíclope de mi escopeta. Ellos no podrán verme porque la noche me unificará con el polvo. Hoy, hace casi cien años, recordarán aquellos días y verán que no pertenezco aquí ni ahora, que pertenezco al sol. Estaba a mi cargo su soledad épica, su eterna soledad. Escucho el sonido del tambor proveniente del crepúsculo. Mi corazón late porque vive y siente la ansiedad de los cuerpos vivos, porque estoy vivo y tiempo atrás he dejado de estarlo. Late con fuerza porque ya están aquí, mirándome con miedo, porque saben que es imposible huir a otra parte, porque están aquí y ahora. Porque saben que no hay paz y estarán muertos como yo hace casi cien años. Porque el sol disolverá sus cuerpos faltos del fuego de la voluntad. Mi corazón, late estrepitosamente al compás de los cuerpos caídos.

Naín Raymundo Solana Chab©2009