la revista on-line de la facultad de Filología Hispánica de Poznañ

   

 

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 "Un viaje al país de los Tarahumara" o la memoria de un espectáculo

 

 

Poznañ, Polonia, 03.10. 2006

 

A los artistas – actores  del “Teatro Súbito” de México: Patricia, Gabriela, Eduardo, Rafael, Teseida y al fantasma real de Antonin Artaud dedico esta carta, iniciada la noche del espectáculo (una noche de otoño polaco,  con lluvia y con viento) en el „Teatr Ósmego Dnia”, calle Ratajczaka 44 de la ciudad de Poznañ, Polonia. Apunto minuciosamente estos detalles – creo que pueden significar algo importante.  Serán importantes para dar fuerza a la memoria de los instantes que pronto pasan a la nostalgia, necesitan semillas – nombres de las calles, luces de la noche, aroma de las gotas de la lluvia nocturna – para permanecer, tomar vida, luz y aire. Todos salimos al encuentro – amigos de la aventura de otorgar el rostro al instante pasadizo – vosotros, artistas mexicanos – soñadores de la realidad escénica, nosotros – partícipes agradecidos por vuestro coraje  de decir “si” en vuestro arte a lo que el mundo suele decir “no”. Habéis dicho “si” al „otro“, al „extraño“ al „raro“ („rarito“ diríais – verdad?) “Rarito”, pero sabroso...  Solo que pocos lloraron por él. En la soledad extática y vibrante del espacio eterno de México – le habéis dado acogida, a su lucidez, a su soledad luminosa, arinconada y definitiva, a su Europa lejana e innecesaria, a su México que nadie nunca podrá penetrar a fondo porque impenetrable es, a su perspicacia sin par, elegancia del espíritu, a sus balbuceos, incongruencia, abandono definitivo y abominable. Dos soledades salieron al encuentro – la de México y la de ese pobre loco, Antonin Artuad, “Antonito” loco,  chiflado, visionario quien de sí mismo decía: “Soy ese primitivo descontento del horror inexpiable de las cosas. No quiero reproducirme en las cosas, quiero que las cosas se produzcan en mí. No quiero una idea de mí en mi poema y no quiero volver a verme yo en él”. Por las fuerzas oscuras del destino ese México hondo  e impenetrable lo llamó desde lejos para compartir con él su locura. Como ningún otro país de la tierra, México necesita  la locura (y miles de cosas más) y muchas veces precisamente de ella, de la inteligencia sin par de la locura crea su arte, su filosofía,  su sentido de la amistad, de  vivir  las cosas bellas fuera de los límites del tiempo, en contra de la “pelona” esa, de la muerte sin fin...Y como es un país compasivo, entiende el sufrimiento de no ser como los demás – en México nadie es como los demás (por más que lo disimule) y nada es como en otra parte... Espectadores, somos testigos de la primera escena – en el escenario se mueven, unidos por el ritmo compulsivo de una composicion de cuerpos, las figuras humanas, envueltas todas en vendas blancas, mudas, sin boca, ojos, cabellos, se parecen unas a otras, como si formaran un solo cuerpo mutilado, inquieto, despedazado, unido por una sola idea de intentar formar un conjunto, una forma conclusa. Pero no lo logran. Las manos se juntan y se separan, las cabezas se inclinan hacia sí y se alejan – una escultura viva en yeso luminoso, porque la luz del escenario resalta la blancura de esos seres sin señas de identidad. Les otorga una luminosidad movediza.  Partículas de lo no domado, de algo inquietante, signos premonitorios de la locura que se trasmite al lenguaje del silencio, del potencial sintetizador del color blanco, de la mudez de las bocas violadas por la tela blanca que no permite que la voz busque a su doble, imposibilita la comunicación. En una pantomima, los cuerpos se mueven con una agilidad de los danzantes, con gracia inusitada, flexibilidad envidiable. Lo más palpable, cálido, sensual – son los pies de los actores, pies descalzos – en todo el espectáculo los pies descalzos tomarán significados distintos, simbólicamente matizados, humanamente conmovedores. Los pies que tocan la madera del escenario son diminutos, infantiles, comunican lo tierno, delicado, libre del dolor. Y como el espectáculo tiene su memoria múltiple, sin tener el sustento solamente en la tradición de la cultura a la que pertenece y que representa, tiene el poder de intrometerse en las memorias individuales y la mía me hace recordar los pies de los indios que caminan, caminan, caminan, por los montes, por las callejuelas empinadas de la ciudad de Xalapa, de Guanajuato, de tantas otras ciudades y pueblos, van a su Comala – cansadísimos, lastimados, resecos, empolvados, sufridos, hinchados, viejos por caminar tanto, bellos por ser la escritura corporal que pocos descifran, testigos de lo que es la tierra de México, el polvo, piedras, piedritas, tierra humedecida después de las lluvias torrenciales de verano, allí van, va el cortejo de los pies, de los pies de los indios. Estos pies sienten lo todo, entienden todo, son - para mí - el corazón más sensible de esa tierra. No sabrán nunca que los ama alguien que no es de esa tierra. Y- además- no importa. Son huérfanos en su elemental locura de no parar, de pisar cal, arena, lodo, basura, mierda, hierba suave, madera, cemento, la dulce humedad de los bordes de los ríos... Y allí, en el rincón del escenario, sentado está él. El „raro“. Para estar allí, en el rincón del escenario, en el rincón de México,  tuvo que desprenderse, irse, alejarse por una larga cinta de tela roja – dos mujeres la extienden a lo largo del escenario - el camino de su propia sangre. Las mujeres le acompañan, pero no se comunica  él con ellas, no son ellas lo que busca él, el deseo ya no se traduce  al Verbo,  a la palabra, a la magia, a la perdición – allá, lejos,  en un extraño país de los Tarahumara. Sólo la maga, la Musa, la utopía lo salva de la realidad imposible. Se le presenta con su vara mágica.  El don de la locura es para él. Y mudo ya sigue, penetra, entra en su aventura. Mudo está. Encarcelado en su mudez, en un hospital, en el manicomio. Los médicos hablan de él, por él. El doctor, las enfermeras – presenciamos una escena genial. Se despedaza la lengua. Se crea una lengua nueva, sus sonidos chillones, guturales, agresivos, infantiles – hacen pensar en la tortura, estupidez, lo grotesco, absurdo, ya no humano. Los sonidos – evocan líneas melódicas del japonés, a ratos del alemán – por lo tanto hacen referencia a las connotaciones variadas. La locura atraviesa por esa lengua genial y tremenda, se distingue el apellido Lacan, el apellido Hitler... La  soledad absoluta. El arte de los actores – sin par. Y el México? Allá lejos, hay que caminar y caminar, p’arriba, p’abajo, a la izquierda, a la derecha, ya sabe, sí, sí y lueguito verá una torre, y luego el riachuelo, y otra vez la iglesita, no muy lejos, pero por la montaña todavía hay que atravesar, prontito llegamos, no se preocupe, otro tanto, tantito, no se nos desespere Antonito, que dios le ayude, que le vaya bien, prontito llegamos, no se impaciente,  y ay, qué cansaditos estamos, ay, qué pinche vida, ay, madre... Pero qué hermosos son nuestros cantos, danzas, máscaras, cómo vivimos en los hilitos de los telares, enmascarados genialmente, como late nuestro corazón en los colores, en rosa mexicana, en el azúl, en la tinta negra y roja, cómo otra vez nuestros pies tocan la tierra compasiva, cómo se levantan hacia el cielo, cómo se convierten en las viejas esculturas de Chac-mol, cómo nos convertimos en los dioses, olvidados, abandonados allí, en el país de los Tarahumara, en la tierra de los Huicholes, los instrumentos de música están con nosotros y la palma bendita, y el fuego y el círculo eterno trazado con la cal. Allí estamos, sentados, entre las nubes, piedra y tierra. El trigrama ancestral. Sobre la tierra una piedra - pirámide invisible-  y sobre la piedra una nube que nos envuelve, que nos transporta, que nos acompaña como una manta, una sábana, el sarape – en el ataúd, en la cuna, en el corazón mismo de la vida y de la muerte.  Qué bonito es ese color “beige” de  tu vestido, Antonin Artaud, y qué inútil entre el rojo, violeta y negro. Qué disparate eres en ese tiempo sin fin, en tu propia muerte, masticada como el peyote, frágil como el humito de la pipa con opio...

 

Llegaremos a vernos? Sí, señito, para servirle, que no se nos pierda Antonito, quédese con nosotros, que sólo venimos a dormir, sólo venimos a soñar, y no es verdad, no es verdad que venimos a vivir en la tierra.... El poema viejo, anónimo,  allí está. Y estará siempre. Que a ti  y a ti y a ti te recordaremos – artistas somos de la memoria. También de la memoria de este espectáculo – entre la metáfora y la creatividad nata, el humor y lo grotesco, entre la conciencia de que todo lo que es serio es a la vez ridículo, que los pies de los niños son más sabios que los monumentos y qué bonito que aquí / allí podemos estar juntos – ya que a la casa del sol iremos, de tu sol negro, Antonin Artaud. Gracias por este espectáculo, por su memoria poderosa como el árbol de jacaranda en flor, por su futuro entre signos de cultura, de la sensibilidad, de convivencia entre amigos. Gracias. A caminar, se ha dicho…

 

Barbara Stawicka-Pirecka©2006