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 Desenterrando la vida secreta de las palabras: una propuesta de diccionario colectivo

 

Traducir es una afición apasionante que sale muy barata. En realidad, lo único que hace falta es conocer bien una lengua (la propia) y saber leer con un poco de sensibilidad en otra. Como con tantas otras cosas en la vida, parece poco útil empezar por la teoría, sobre todo porque cuando uno se acerca a la Teoría de la Traducción (hija pródiga que soy, le muestro respeto usando mayúsculas), lo primero que advierte es que se trata de una ciencia desprestigiada. Los semióticos la consideran una ciencia blanda. Los teóricos de la literatura suelen simplemente obviarla. Las teorías de la deconstrucción la han acusado (seguramente con bastante razón) de terribles crímenes de colaboración con la domesticación de las culturas y el imperialismo cultural. Y en general cualquiera opina sobre los límites de lo traducible.

 

Hacer ciencia de la traducción es un ejercicio que supone hacer abstracciones sobre sucesos en general poco generalizables. Se generaliza a base de intuiciones, daándole vueltas a la perdiz buscando formas de verbalizar eso que hacemos (que aprendemos a hacer) cuando traducimos un texto. Relativizar todo lo que sabemos sobre los mecanismos, la mayoría de las veces sutiles, del lenguaje. Traducir es tan interesante porque nos obliga a relativizar constantemente nuestro conocimiento del mundo. En este sentido podemos reivindicar esta profesión como expertos en hacer explícita en la lengua de uno la vida secreta de las palabras de los otros. Al traducir desvelamos misterios, y pocas veces tenemos la ocasión de compartirlos.

 

Deslumbrados por la capacidad de las lenguas (más bien, de los que las usan) parecería que traducir es, como hablar, un acto natural, instintivo. Ah, otra cosa es la traducción literaria. Ante ella todo el mundo se quita el sombrero. Creo que en una cosa y en la otra estamos metidos en un buen callejón sin salida epistemológica. Traducir es al mismo tiempo algo natural (en el sentido de que está sujeto a las convenciones de nuestras sociedades, como cualquier otra actividad humana) y un proceso marcado por el artificio. Igual de complejo que hablar para que nos entiendan… o escribir sin que nos malinterpreten.

 

No pretendo aquí disertar sobre uno de mis temas favoritos (la posibilidad de la equivalencia en traducción) y sí aprovechar la página de EsPa’Ti y la complicidad de la agitadora Maya para ponernos manos a la obra. Parece claro que en todas las lenguas se puede expresar todo, aunque cualquiera que se ponga a traducir descubrirá que el problema no se encuentra en las palabras, sino en el conocimiento implícito que tienen los que las leen.

 

Mi propuesta aquí es simple: compartir el conocimiento que ya tenemos para construirnos un diccionario colectivo de problemas traductológicos del español y del polaco. No se trataría de marear las palabras, sino de marear las ideas escondidas en las palabras, que, frágiles como son, corren el riesgo de perderse al explicarlas en otro idioma. La propuesta es intentar definir aspectos lexicalizados de la propia cultura y explicarlos en términos lo suficientemente sencillos como para que lo entiendan personas no nativas y lo suficientemente complejos como para que abarquen lo más importante de lo tenue, lo matizado, lo cultural: lo que puede perderse (valga esta metáfora tan antigua) en la traducción.

 

Abro el debate con conceptos que llevan tiempo dándome vueltas en la cabeza. Tanto, que a veces no recuerdo quién me los contagió. Espero que salgan de aquí muchos debates sobre conceptos y sobre las visiones de las cosas que evocan las palabras. Hago una propuesta de cómo comentar los términos, que espero que se vaya ampliando y mejorando según las necesidades que tengamos.

 

Maila Lema©2005

 

 

Un diccionario colectivo así sólo puede llegar a engordar si se asoman a él personas muy distintas y cargadas de dudas. Le deseo salud y lanzo una primera botella.

 

¡el diccionario ya funciona!

¡Visítalo!